Una detective recién ascendida a Homicidios se enfrenta a su primer caso grande cuando una casa en Topanga Canyon aparece empapada en sangre y sin ningún cadáver: solo una madre desaparecida, sus dos hijos y un perro que nadie encuentra.
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Una detective recién ascendida a Homicidios se enfrenta a su primer caso grande cuando una casa en Topanga Canyon aparece empapada en sangre y sin ningún cadáver: solo una madre desaparecida, sus dos hijos y un perro que nadie encuentra.
En una tarde calurosa de diciembre, la intersección donde Mulholland Highway se encuentra con Mulholland Drive separa dos ciudades, tres vecindarios y dos jurisdicciones policiales. También separa, aquel día, lo que le corresponde investigar a cada quien. Eve Ronin, tres meses en la brigada de Homicidios del Departamento del Sheriff del Condado de Los Ángeles, y su compañero Duncan Pavone, un veterano que cuenta los días que le faltan para jubilarse, acuden a recoger un cadáver que la policía de la ciudad asegura que cae del lado del condado. A Eve le bastan unas agujas de pino sobre el capó de una camioneta para entender que alguien ha movido la escena unos metros para quitársela de encima.
Ese pequeño triunfo tiene un precio inmediato. La central los desvía a una calle sin salida de Topanga Canyon, donde una compañera de trabajo ha visto sangre por la ventana de una cocina. Lo que Eve y Duncan encuentran dentro no se parece a nada de lo que ella ha investigado antes: sangre en el linóleo, en la moqueta del pasillo, en las paredes de dos dormitorios infantiles, en el techo del baño. Dos mochilas escolares abandonadas sobre charcos ya secos. Un colchón rajado. Estropajos y botellas de lejía que delatan un intento de limpieza, y un olor imposible —cloro y aceite de motor— que no encaja con nada. No hay cadáveres. No hay nadie. Tanya Kenworth, camarera y extra de cine, no se presentó a trabajar; sus hijos, Caitlin y Troy, no aparecen; el perro de la familia tampoco.
Duncan toma una decisión que define el libro: él se ocupará del papeleo y Eve será la cara pública y el motor de la investigación. Es honestidad, no generosidad —sabe que el caso se hará enorme y feo, y no quiere más pesadillas en la recta final de su carrera—. Eve acepta, consciente de lo que se juega. Su ascenso llegó tras un vídeo viral en el que redujo a un actor famoso en un aparcamiento, y desde entonces arrastra un apodo que otros usan como burla y una reputación de policía colocada ahí por conveniencia mediática, no por mérito. En un departamento donde casi todos sus colegas dudan de ella, cualquier error será público.
La investigación empieza por lo que rodea a la desaparecida: un novio despectivo que llamaba «ratas» a los niños, un exmarido lejano, una amiga aterrada. Pero es Eve, rodeando la propiedad con cinta amarilla, quien detecta un surco en la maleza que asciende la colina hasta un pequeño campamento reciente —un saco de dormir limpio, restos de comida rápida todavía frescos— con vista directa a la casa. Alguien estuvo mirando. Y cuando una rama cruje a su espalda, el caso deja de ser una pregunta para convertirse en una amenaza.
Lee Goldberg construye un procedimental de ritmo seco y humor negro, atento a la topografía real de Los Ángeles: las fronteras administrativas que deciden quién se hace cargo de un muerto, el Topanga que se encarece mientras finge seguir siendo bohemio, la industria del cine vista desde abajo, desde los extras que aspiran a ser descubiertos justamente por un trabajo cuya definición es pasar inadvertido. Bajo la trama late algo más personal: cada habitación de esa casa devuelve a Eve a su propia infancia con una madre sola, un padre ausente y hermanos a los que proteger. Ese eco es lo que la empuja a no soltar el caso, y también lo que lo vuelve peligroso para ella.
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