Paula, ingeniera informática contratada por una empresa de microprocesadores, vive aislada en una finca de la serranía de Ronda con una sola condición: no salir de ella.
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Paula, ingeniera informática contratada por una empresa de microprocesadores, vive aislada en una finca de la serranía de Ronda con una sola condición: no salir de ella. La curiosidad la lleva a abrir archivos prohibidos y a descubrir que bajo la mansión vecina se oculta algo que nadie debería ver. Una madrugada de junio, unos hombres armados rodean su casa. El Caso Ciru, de la saga Cloacas de lujo, abre así una huida que no admite tregua.
Belén Montero arranca El Caso Ciru con una pregunta incómoda: ¿y si la mejor manera de ocultar una atrocidad fuera cometerla a plena luz del día? De esa sospecha nace Cloacas de lujo, una saga que imagina una red capaz de mover secuestros, trasplantes, dinero negro y silencios sin que nadie llegue a señalarla con el dedo.
La protagonista es Paula, ingeniera informática. Un mes de junio deja Bilbao y a la persona que la quiere para instalarse en La Picota, una finca vallada de la serranía de Ronda donde transcurrió su infancia. El sueldo es generoso y la tarea, en teoría, sencilla: vigilar posibles ataques de hackers para una prestigiosa fabricante de microprocesadores. La única cláusula extraña es una orden repetida: no salir de la casa. Junto a su pequeña vivienda se alza una mansión inteligente erizada de puertas cerradas con códigos, tarjetas y lectores de iris; los grupos que llegan a hacer «retiros» de semanas o meses no le explican nada, y un hombre calvo y antipático aparece cada tanto a revisar unas calderas y a husmear entre sus cosas.
Paula tarda poco en dejar de obedecer. Indaga en archivos que no le corresponden, se adentra en la red oscura donde sus jefes trafican y empieza a ayudar a escondidas a los rehenes. Cuando por fin comprende para qué la han contratado, ya es tarde: una madrugada los ladridos de su perro se cortan en seco y varios hombres con botas militares se reparten el jardín.
Lo que sigue es una fuga a ras de suelo. Una claraboya olvidada, un tejado de uralita, un salto al vacío y un bosque que Paula conoce desde niña —las veredas, la poza, la linde rota del alambre— pero que ahora la araña, la engancha y la retiene. Corre durante horas hacia la casa de un guarda forestal que quizá ya no exista, y descubre que sus perseguidores no necesitan rastro alguno para saber exactamente dónde está.
Montero alterna la tensión del acoso con la memoria: la hermana gemela ausente, la voz de la madre, la infancia entre el río y la montaña. El resultado es un thriller de respiración física, escrito muy pegado al cuerpo de quien huye, sobre el precio de dejar de mirar hacia otro lado.
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