En pleno invierno de Montreal, una joven sin trabajo ni papeles en regla acepta un empleo que parece un golpe de suerte: cuidar y limpiar una mansión victoriana deshabitada del barrio de Outremont a cambio de un sueldo mínimo y, sobre…
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En pleno invierno de Montreal, una joven sin trabajo ni papeles en regla acepta un empleo que parece un golpe de suerte: cuidar y limpiar una mansión victoriana deshabitada del barrio de Outremont a cambio de un sueldo mínimo y, sobre todo, de un techo. La casa de Clifton Hill es hermosa, señorial y está siempre fría. También está siempre a oscuras. Y desde la primera noche, algo dentro de ella se niega a dejarla dormir.
La narradora lleva años en Montreal. Llegó para perfeccionar idiomas, terminó sus estudios con una beca y luego se topó con un muro: dos años de currículums enviados desde los ordenadores públicos de la biblioteca, entrevistas que no llevan a ninguna parte, correos que siempre dicen lo mismo. Cuando se le acabaron el dinero y el visado de estudiante, su vida se organizó alrededor de una geografía muy concreta: el desayuno gratuito de una parroquia a las seis de la mañana, las duchas del gimnasio comunitario, las camas de los albergues que hay que ganarse llegando temprano, una cafetería del barrio donde alguien paga por adelantado el café de quien no puede pagarlo. Y los libros, que son lo único que nunca ha dejado de tener.
En el tablón de anuncios de esa misma biblioteca encuentra la oferta: se busca a alguien para mantener una casa en venta. Limpiar, airear, poner flores frescas cada día, ocuparse de pequeños arreglos y dormir allí para disuadir a los ladrones que últimamente rondan la zona. Cien dólares a la semana y una habitación propia. La entrevista dura lo que un té en una cafetería cara del centro: una mujer mayor, elegante y de trato eficiente que se hace llamar Débora le entrega un manojo de llaves, le advierte que solo tendrá acceso a las zonas comunes y le pide una copia del pasaporte. Todo lo demás son medias respuestas.
La propiedad es una de las joyas del barrio, una construcción de piedra gris con ventanales victorianos y un jardín que la protagonista lleva años admirando en sus paseos. Por dentro es otra cosa. La calefacción funciona a máxima potencia y el frío no cede. Las bombillas se funden en cuanto se encienden. Hay corrientes de aire que apagan velas y rompen vasos, un armario lleno de la ropa que alguien dejó atrás sin llevarse nada, cortinas que aparecen echadas y flores que se marchitan demasiado rápido. La florista del barrio cambia de cara al oír el nombre de la casa. Una niña se acerca en la acera y pregunta, sin rodeos, si vive en la casa encantada.
Estructurada como un diario —prólogo y una sucesión de días numerados—, la novela avanza con la lógica paciente del relato gótico: primero la incomodidad, después el detalle que no encaja, por último el miedo declarado. Las pesadillas empiezan la primera noche y no se quedan en el sueño. La narradora insiste, dirigiéndose al lector, en que no padece ningún trastorno y en que la historia se explicará sola.
Su fuerza está en la doble lectura. Lo que amenaza a la protagonista no es únicamente lo que habita la casa, sino la precariedad que la ha llevado hasta allí: no puede irse porque no tiene adónde ir, no puede preguntar demasiado porque perdería el empleo, no puede permitirse un calentador ni una llamada de teléfono. El terror doméstico y la vulnerabilidad económica se sostienen mutuamente, y el lector entiende pronto que la puerta de salida está cerrada por las dos partes.
Montreal no es un decorado intercambiable. El barrio de Outremont, sus calles nevadas de marzo, los ocho meses de invierno, el francés que se aprende por cortesía, la vida de quien sobrevive en los márgenes de una ciudad amable pero implacable con el frío: todo eso da a la casa de Clifton Hill un anclaje concreto y hace que lo inexplicable, cuando llega, resulte todavía más difícil de descartar.