Nueva York, otoño de 2010. Julie acaba de alcanzar el despacho propio y la condición de socia en un gran bufete, y su matrimonio con Axel funciona con la serenidad de lo previsible.
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Nueva York, otoño de 2010. Julie acaba de alcanzar el despacho propio y la condición de socia en un gran bufete, y su matrimonio con Axel funciona con la serenidad de lo previsible. La aparición de Liam —presentador de informativos, compañero de trabajo de Axel y amigo de la casa— abre una grieta por la que Julie decide asomarse sin renunciar a nada. Alfredo Cot construye con esa decisión un drama íntimo sobre el deseo, la lealtad y el precio de querer a dos personas a la vez.
Cien días de otoño arranca donde otras novelas terminarían: en la habitación de hotel donde Julie y Liam confirman lo que llevaban semanas rodeando. A partir de esa tarde, el relato retrocede y avanza al mismo tiempo para reconstruir cómo se llega hasta ahí. Julie es abogada en Nueva York, recién nombrada socia de un bufete prestigioso después de años de fotocopias, cafés y ambición contenida. Su vida con Axel, redactor de informativos, se ha ido asentando en una comodidad amable que ella empieza a leer como monotonía: un guion aprendido de memoria, con emociones templadas y sobresaltos ausentes.
Liam es el contrapunto exacto de Axel. Mundano, protector, calculadamente atento, sabe alimentar el ego de Julie sin forzar un solo paso: se limita a sembrar el camino de señales y a esperar. Su propio matrimonio con Andrea funciona como una tregua consentida, y esa vieja costumbre de no arriesgar nada le deja las manos libres. Frente a él, Julie no vive su atracción como una patología ni como una caída, sino como una ampliación: si el amor puede ser tan vasto, se pregunta, ¿por qué reducirlo a una sola persona? La novela sigue esa argumentación íntima paso a paso —verdades a medias, excusas razonadas, un deseo que se explica a sí mismo— con la ayuda de Helen, la amiga capaz de decirle en voz alta lo que ella todavía no se atreve a nombrar.
El otro hilo pertenece a Axel. Su voz, escrita en primera persona, registra la aparición de los celos como un cuerpo extraño: coincidencias que se acumulan, roces sorprendidos a destiempo, conversaciones que se interrumpen. Fue él quien alentó la independencia de Julie y quien creyó que la confianza bastaba; descubrir la naturaleza real de la relación entre su mujer y su amigo lo obliga a rehacerse desde cero. Cuando Julie decide sostener las dos historias a la vez y de forma abierta, Axel es quien no puede habitar la ambivalencia, y esa retirada cambia la geometría del triángulo: solo en ausencia del marido empieza Julie a medir el alcance verdadero de lo que siente. Entretanto, en la vida de Axel aparece otra mujer que puede reordenar su horizonte.
La obra está organizada como un diario que alterna la voz de Julie, la de Axel y la de un narrador omnisciente, de modo que el lector accede a la misma escena desde tres temperaturas distintas. Nueva York funciona como telón de fondo con precisión casi táctil —los taxis amarillos, la lluvia frente al Time Warner Center, el otoño en Manhattan, un réquiem de Mozart en una iglesia del distrito de los teatros—, y París amplía después ese escenario. El desenlace evita el consuelo de lo previsible.
En el prólogo, Alicia García-Herrera inscribe la novela en una larga tradición literaria sobre la infidelidad femenina —de Homero a Flaubert, Tolstói o Clarín— en la que las protagonistas pagaban su libertad con la tragedia o el ostracismo. Cot traslada la pregunta a un contexto muy distinto y la deja abierta: hasta qué punto la emancipación es completa cuando el deseo desborda el matrimonio, y si la institución conyugal tiene tanto que ver con el amor como se le supone. La respuesta, sugiere el libro, no está en la moraleja, sino en lo que cada lector concluya.
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