Dos relatos del noroeste mexicano abren este libro con un mismo pulso: el de la gente que atraviesa retenes, brechas y arroyos secos sin saber qué la espera del otro lado.
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Dos relatos del noroeste mexicano abren este libro con un mismo pulso: el de la gente que atraviesa retenes, brechas y arroyos secos sin saber qué la espera del otro lado. En la frontera entre Sinaloa y Sonora, dos hermanos son obligados a cambiar su camioneta con un desconocido armado; en una costa sitiada por el monte, un comprador de gatos llega a los restos de una hacienda donde el mar y la culpa todavía cobran cuentas. Historias breves y secas sobre la suerte y lo que no se elige.
El volumen reúne narraciones ambientadas en el noroeste de México, ese territorio de carreteras federales, brechas de arena y calor de más de cuarenta grados donde cada trayecto es también una apuesta. Un epígrafe de Bohumil Hrabal —ratas peleando en las alcantarillas mientras alguien celebra el día espléndido— anticipa el temple del conjunto: la desgracia ocurre a ras de suelo, sin énfasis, mientras la vida sigue su curso.
En «La carretera del sur de Sonora», dos hermanos avanzan en fila hacia un retén militar con una camioneta que se calienta y una cruda a bordo. Mientras discuten si existe la suerte o si todo depende de los pitazos, los conectes y el dinero repartido, un desconocido de sonrisa incompleta se acerca a proponerles un trueque que, con una pistola asomada en el cinto, deja de ser una propuesta. El relato convierte la espera en suspenso puro: dos filas paralelas, unos soldados con desarmador en mano y la certeza de que pueden torcerlos por una carga que ni siquiera conocen.
«Cien caballos en el mar» toma otro camino. García recorre las rancherías comprando gatos —un negocio de temporada, destinado a los cañaverales— y, contra la advertencia de los lugareños, se interna por la brecha hacia la hacienda Santa Bárbara, ruina de una familia expulsada por el ferrocarril y la Revolución. Allí lo reciben un vaquero reseco que repite «ahí viene el agua» bajo un cielo sin nubes, una mujer de ojos verdes y unos caballos que participan de un rito que nadie explica. Cuando el arroyo revive y le corta la salida, el forastero queda encerrado entre el monte y un mar dispuesto a tragárselo todo.
Prosa seca, oído fino para el habla regional y una violencia que no necesita subrayarse: la escritura trabaja sobre todo con lo que se calla. Entre el relato de carretera y el gótico costero, el libro insiste en una misma pregunta —qué se decide y qué simplemente ocurre— y deja al lector con la incomodidad de haber mirado más de la cuenta.
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