Zeta, joven habanera, cuenta su relación con Moisés, un hombre que bordea los cincuenta y podría ser su padre, obsesionado con desenmascarar a unos «ellos» que, según él, intentan engañarlo.
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Zeta, joven habanera, cuenta su relación con Moisés, un hombre que bordea los cincuenta y podría ser su padre, obsesionado con desenmascarar a unos «ellos» que, según él, intentan engañarlo. Entre la penumbra de un cuarto con la ventana tapiada, el bar clandestino de los bajos y la lengua afilada de su amiga Linda, la narradora convierte el maltrato en relato: una voz cómica y desarmante que canta, mientras espera, la cuenta atrás de las cien botellas.
Narrada en primera persona por Zeta —una mujer gorda, perezosa y de una lucidez que ella misma se niega a reconocer—, la novela reconstruye los cuatro años y medio que pasó junto a Moisés, antiguo juez del Tribunal Supremo y profesor de Derecho, hombre hermoso y crepuscular al que la sola sospecha de que alguien intenta hacerle creer algo le enciende un aura roja de incendio. Moisés odia a «ellos»: los charlatanes, los predicadores, todos los que mendigan consenso. Como no puede alcanzarlos, golpea lo que tiene cerca, y Zeta acaba convertida en sparring de un combate contra la humanidad entera, persona interpuesta en la que él castiga simbólicamente lo peor de la especie.
El escenario es la Esquina del Martillo Alegre: un edificio con bar clandestino en los bajos, un cura viejo empeñado en lidiar con los pecados del barrio, vecinos que les atribuyen cultos satánicos y, en los altos, un cuarto donde la única ventana permanece sellada porque los ojos de Moisés no soportan el sol. En esa penumbra artificial, entre apagones, litros de alcohol y filosofía a gritos, transcurre una intimidad hecha de deseo verdadero y violencia verdadera, sin que la narradora consienta separarlos para tranquilidad de nadie.
Frente a ella está Linda Roth, escritora profesional, ambiciosa y despiadada, que odia a Moisés sin haberlo visto nunca, planea castrarlo con tijeras de podar y diagnostica a su amiga como un personaje de Patricia Highsmith. Entre las dos se juega el otro pulso del libro: quién tiene derecho a nombrar el daño ajeno y con qué palabras, y cuánto desprecio cabe dentro de una solidaridad.
Portela escribe todo esto con un humor negro que no pide permiso: choteo habanero, citas cultas desviadas hacia el chiste, digresiones sobre el Scrabble, el Pensador de Rodin o el paraíso musulmán. La canción infantil de las cien botellas funciona a la vez como conjuro contra la catástrofe y como arquitectura secreta del relato, mientras Zeta, sola en invierno y con algo pequeño que ha decidido vivir, se pregunta en qué momento perdió un control que acaso nunca tuvo. Premio Jaén de Novela 2002.
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