Doce minutos de conexión, de Alejandro Lama, recorre la vida de Theia en el intervalo suspendido de un accidente de tráfico. Coordinadora informática en una empresa sevillana que comercializa un sistema de desinfección de alcance…
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Doce minutos de conexión, de Alejandro Lama, recorre la vida de Theia en el intervalo suspendido de un accidente de tráfico. Coordinadora informática en una empresa sevillana que comercializa un sistema de desinfección de alcance internacional, Theia descubre que las muertes atribuidas a fallos técnicos responden a un criterio deliberado de selección. La novela alterna esa investigación con escenas de deseo, duelo familiar y memoria, todas dirigidas a una madre ausente, en doce capítulos que llevan por título el minuto que ocupan.
Doce minutos de conexión se construye sobre una premisa formal sencilla y de largo alcance: cada capítulo es un minuto, y los doce minutos que dan título al libro son los que Theia pasa tendida sobre el asfalto después de que un todoterreno la eche de la carretera. En ese intervalo la conciencia se desordena y la narradora habla, siempre, con su madre muerta. De ahí que el relato no avance en línea recta sino por asociación: una crisis de despersonalización en el pasillo de casa, la primera noche en vela antes de un trabajo nuevo, una tarde de campo con el padre, la muerte de un sobrino en quirófano, una cena de italiano con el hermano, un encuentro que cambia el rumbo de un deseo.
El hilo argumental es el de un thriller corporativo. Theia se incorpora como coordinadora de informática y telecomunicaciones a PRACE, filial sevillana de un holding europeo que posee la patente de un sistema de desinfección integral presentado como el más seguro del mundo. El sistema opera mediante pruebas automatizadas y desinfecciones robotizadas, en un contexto marcado por la circulación de una fusión de virus y bacteria especialmente letal. Buscando el expediente laboral de su madre —muerta años atrás en un accidente que nunca terminó de creerse—, Theia encuentra en el sótano de archivos un documento que reordena todo lo anterior: las muertes atribuidas a patologías previas o a errores corregibles siguen un patrón, y el patrón tiene autores. La empresa no falla; selecciona.
A partir de ahí la novela se ocupa menos del mecanismo de la conspiración que de sus efectos sobre quien la descubre. Theia sospecha del compañero con el que comparte cargo y cama, y la confirmación de esa sospecha —él informaba de cada uno de sus movimientos— convierte la investigación en una cuestión de supervivencia. Su hermano Guillermo, fiscal jefe de la audiencia provincial, aporta la vía institucional y también un escepticismo insistente sobre lo que la justicia puede y no puede resolver. Alegría, a quien todos llaman Lale, conduce un programa de radio nocturno que funciona en el libro como contrapeso: allí caben las cartas de los oyentes, la reflexión sobre el lenguaje del afecto en tiempos de distancia obligada y una idea de libertad entendida como capacidad de decidir.
El deseo ocupa un espacio propio y explícito. Las escenas sexuales —con Sebas y, más tarde, con Lale— están narradas en primera persona, con detalle físico y sin eufemismo, y no funcionan como interludio sino como parte del mismo inventario vital que incluye el duelo, la rabia y el trabajo. El libro se interesa por el consentimiento, por el ritmo que cada cual marca y por el descubrimiento tardío de un deseo no previsto.
La voz sostiene el conjunto: coloquial, andaluza, entrecortada por la autoexigencia y la autocrítica —“me atasco”, “no jugué bien mis cartas”—, capaz de pasar del informe corporativo al recuerdo de un olor sin cambiar de registro. La novela cierra con Guillermo sobre el asfalto, la ubicación enviada a emergencias y una carpeta amarilla en el cajón de la cocina; y con un “Minuto extra” que deja la cuenta abierta. Lectura recomendada para público adulto por su contenido sexual explícito y por el tratamiento de la enfermedad y la muerte.
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