En una tarde de lluvia en Valdivia, un niño de diez años abre por azar el cajón secreto de un escritorio del siglo XIX y encuentra dentro un cuaderno que transcribe un manuscrito colonial.
Descargar
En una tarde de lluvia en Valdivia, un niño de diez años abre por azar el cajón secreto de un escritorio del siglo XIX y encuentra dentro un cuaderno que transcribe un manuscrito colonial. Lo que allí empieza es la historia de Lucas González, huérfano mestizo criado por jesuitas en Chiloé, que a los catorce años termina embarcado en una expedición nacida de la locura de un misionero y de la ambición de un maestre de campo tras el oro de la Ciudad de los Césares.
La novela avanza en dos tiempos que se comunican por un objeto. En el presente, Sebastián acompaña a su padre a una tienda de antigüedades el día en que la familia prepara un velorio; mientras los adultos conversan, el niño se cuela en la trastienda y queda atrapado por el dragón tallado en un escritorio antiguo —el mismo del escudo de la ciudad—, cuyos ojos resultan ser la cerradura de un cajón. Dentro hay un cuaderno: la transcripción, hecha a mediados del siglo XX, de un relato escrito a fines del XVII y hallado en una iglesia de Achao.
Ese relato ocupa el cuerpo del libro. Su narrador es Lucas González, huérfano de catorce años criado en el orfanato jesuita de Santiago de Castro. Hijo de una española que murió al darlo a luz y de un lonko al que su propio pueblo recuerda como traidor, Lucas vive en la frontera exacta entre dos mundos que lo rechazan: los muchachos criollos de la isla lo muelen a golpes por indio, y un jefe huilliche de visita lo desprecia por esconderse tras el apellido materno. Su educación —lo forman como intérprete, el oficio reservado a los mestizos— es también la fuente de su incomodidad, y solo el padre Marraquete, un jesuita francés aficionado a los diccionarios, a las papas chilotas y a las recetas improvisadas, insiste en que esa mezcla no es una carencia sino un destino.
La trama se pone en movimiento cuando regresa a la isla un misionero desaparecido durante años, devuelto en camilla y fuera de sí, repitiendo que vio la Ciudad de los Césares: oro, riquezas y algo con dientes y fuego que las custodia. Para el maestre de campo, aislado del imperio y sin abastecimiento, ese delirio es una oportunidad. Arma una expedición rumbo a Valdivia y embarca al cura como lenguaraz y al muchacho como aprendiz, sin ocultarle al primero que su propósito no es comerciar sino conquistar, apenas un año después de la paz firmada con el pueblo araucano.
Escrita con humor seco y diálogo abundante, la obra cruza la novela de aventuras con la crónica colonial y con la mitología del sur —el canto del Tue-Tue, las ciudades imaginarias, un viento que sopla en un cuarto sin ventanas— para volver una y otra vez sobre su pregunta central: quién decide el nombre que uno lleva, y qué se gana o se pierde al aceptarlo.