Una abogada de éxito regresa a Inglaterra para recoger la herencia de su madre, muerta en prisión: unos cuantos objetos sin valor, veinte mil libras y la casa donde ella y sus hermanos fueron encerrados durante años.
Descargar
Una abogada de éxito regresa a Inglaterra para recoger la herencia de su madre, muerta en prisión: unos cuantos objetos sin valor, veinte mil libras y la casa donde ella y sus hermanos fueron encerrados durante años. Nombrada albacea contra su voluntad, Lex deberá reunir a unos hermanos dispersos y decidir qué hacer con el escenario de su infancia. Narrada en primera persona, la novela alterna el presente burocrático del duelo con el recuerdo minucioso del encierro y de la fuga que la convirtió, para los periódicos, en «Chica Uno».
Lex Gracie llega en coche a un centro penitenciario del norte de Inglaterra una tarde de verano, con gafas de sol, zapatillas nuevas y ninguna intención de fingir tristeza. Su madre acaba de morir allí, y el aviso oficial la ha traído desde Nueva York, donde ha construido una vida de aeropuertos, salas vip, bufetes y hoteles idénticos entre sí. En el despacho de la directora la esperan un abogado que suda demasiado, una caja de cartón con los efectos personales de la difunta y un testamento redactado con letra temblorosa: la madre nombra albacea a la hija que nunca fue a visitarla.
La herencia es modesta y, precisamente por eso, insoportable. Unas pocas pertenencias sin valor, veinte mil libras que el padre logró reservar mientras sus hijos pasaban hambre y una casa: el número 11 de Moor Woods Road, en Hollowfield. Todo debe repartirse a partes iguales entre los hijos supervivientes. Aceptar el cargo significa localizar a unos hermanos que han elegido caminos incompatibles con el recuerdo común: Ethan, convertido en figura pública y autor de artículos sobre las dificultades del perdón; Delilah, que visitaba a la madre; Gabriel; el pequeño Noah; y Evie, la más cercana a Lex, que atiende el teléfono desde una playa lejana y propone que con la casa se haga «algo alegre», porque nada habría fastidiado más al padre.
A partir de ese encargo, la narración se desdobla. En un plano avanza el presente: la conversación con una capellana que insiste en el perdón y en unas cartas que Lex quemó años atrás en una barbacoa, junto al hombre que sí ejerció de padre; las noches de hotel, las copas, los desconocidos, el trabajo que su mentora Devlin siempre tiene listo para ella. En el otro plano, la memoria vuelve a una habitación con dos camas separadas por un suelo cubierto de bolsas, cuencos ennegrecidos y ropa podrida, un territorio que dos niñas encadenadas bautizaron con nombres de mapa para poder atravesarlo con la imaginación. Allí Lex mide los pasos de su padre por la casa, calcula los segundos que tardaría en llegar hasta la puerta y ensaya la frase que dirá a la primera persona que encuentre libre.
La voz de Lex sostiene el libro: seca, irónica, alérgica a la compasión ajena y a los finales felices que la prensa fabricó para «los hijos de los Gracie». La novela no busca el detalle escabroso sino la pregunta incómoda que nadie se atrevió a formularle en su día —por qué no se fueron cuando aún podían— y el modo en que una familia se reparte, junto con los bienes, las versiones incompatibles de lo que ocurrió. Entre el trámite legal y el retorno al páramo, lo que se dirime no es una casa, sino qué se hace con un pasado que sigue en pie.