Alice Collins dirige la rama tejana de la empresa familiar y necesita un golpe de efecto: sus restaurantes pierden dinero y su padre observa cada movimiento.
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Alice Collins dirige la rama tejana de la empresa familiar y necesita un golpe de efecto: sus restaurantes pierden dinero y su padre observa cada movimiento. La solución llega en forma de jingle, encargado a Hot Check, un grupo de rock de Austin. Lo que Alice no espera es que quien escribe las canciones sea Ricky Conrad, una guitarrista de voz ronca cuya sola presencia desordena su disciplina. Una novela sobre el deseo que aparece justo cuando no toca.
El negocio va mal y Alice Collins lo sabe antes de terminar de revisar las facturas. A sus veintiocho años carga con la división tejana de la empresa de su padre, se prepara para sucederlo y arrastra la desconfianza de los socios veteranos, que no le perdonan haber llegado por apellido. Su apuesta para levantar las ventas es publicitaria: contratar a Hot Check, la banda de Austin cuyo jingle disparó un sesenta por ciento la facturación de una cadena de heladerías.
El representante cierra el trato en el despacho; la sorpresa llega después, cuando Alice descubre que quien compone y canta es una mujer. En un local abarrotado un jueves cualquiera ve por primera vez a Ricky Conrad: veinticinco años, melena rubia revuelta, una guitarra de madera clara y una voz áspera y grave que le eriza la piel. La conversación posterior, entre botellas vacías y autógrafos, transcurre en dos planos: uno profesional, sobre rimas y presupuestos; otro que ninguna nombra, pero que ambas reconocen.
Desde ahí la novela avanza por encuentros breves y aplazados. Una visita imprevista de Ricky a uno de los restaurantes; una comida junto al Riverwalk en la que la cantante habla con naturalidad de su lesbianismo y de una decisión pendiente —salir del armario no la afecta solo a ella, sino a los cuatro integrantes del grupo—; una promesa de viajar a Austin que una tormenta y una tubería rota se encargan de romper. Alice se convence de que aquello terminó, hasta que una cena benéfica en San Antonio vuelve a ponerle enfrente el mismo par de ojos azules, esta vez bajo un esmoquin blanco.
Peggy J. Herring construye un romance de tempo pausado sobre una tensión sencilla y eficaz: una mujer acostumbrada a controlar cada variable frente a otra que vive del escenario y del instinto. Alrededor de ellas, un coro de amigas —una detective privada, una abogada, una agente inmobiliaria— aporta humor y comunidad, mientras el trasfondo tejano de locales, giras y emisoras de radio da textura a una historia sobre el precio de mezclar, o de no mezclar, los negocios con el placer.
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