En un pueblo perdido entre Córdoba y Granada, a comienzos de los años treinta, un joven cabrero con un talento prodigioso para el cálculo cae en una tristeza que lo lleva a encerrarse en su cuarto y a sumarse a la vieja estirpe local de…
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En un pueblo perdido entre Córdoba y Granada, a comienzos de los años treinta, un joven cabrero con un talento prodigioso para el cálculo cae en una tristeza que lo lleva a encerrarse en su cuarto y a sumarse a la vieja estirpe local de los «encamados». Ni los guisos de su madre, ni los remedios de un curandero, ni la astucia amorosa de su novia consiguen devolverlo al mundo. Solo la llegada al pueblo de un maestro enamorado de los libros abre una posibilidad distinta.
Ambientada en Abra, un pueblo de mil quinientas almas encajado en una encrucijada poco transitada entre las provincias de Córdoba y Granada, la novela reconstruye, con el tono de una crónica transmitida de boca en boca, la historia de Mateo González Oliván, pastor de cabras y ovejas al que en marzo de 1930 le sobreviene una tristeza sin causa aparente.
De niño, Mateo había sido el asombro de sus vecinos: un calculador portentoso al que su padre subía a una silla en la puerta de casa para que resolviera de memoria las cuentas imposibles del cestero del lugar. Un rayo en la sierra dejó viuda a su madre y truncó cualquier porvenir de seminario o de beca; a los diez años, el niño cambió los números por el redil. Dos décadas después, esa inteligencia sin uso parece volverse contra él.
La primera parte del relato es un inventario tragicómico de curaciones. Angélica, la madre, confía en la lana y en el puchero. Conchita, la novia —muchacha práctica, de una lucidez que el narrador no disimula—, prueba con la razón, con un santón de comarca que quema papelillos y traza cruces de ceniza, con un viaje de arrieros hasta el mar de Málaga y, por fin, con un remedio íntimo y dosificado que funciona mientras dura. Cuando lo retira, Mateo se encierra definitivamente y pasa a engrosar la lista local de los «encamados»: hombres despiertos y trabajadores que un día deciden acostarse y no volver a levantarse, fenómeno que el pueblo acepta con la naturalidad de una costumbre antigua.
Trece meses más tarde llega don Lázaro Esquivel Flores, maestro cincuentón y bonachón, sustituto de un antecesor brutal al que alguien mató a perdigonadas en un camino sin que nadie quisiera aclararlo. Lázaro reparte los muebles del difunto entre los pobres, ordena trescientos libros ante la curiosidad del vecindario, saca a los niños al campo a leer a Garcilaso y busca en vano a alguien con quien compartir una tertulia. Cuando oye hablar del cabrero acostado, no cree reconocer una enfermedad, sino una inteligencia aburrida.
De humor seco y raíz cervantina, sostenida por un narrador que finge documentar hechos verídicos y contrastados, la obra dibuja un retrato de la España rural anterior a la guerra, donde el apetito de saber y la incultura heredada libran una batalla íntima. El encuentro entre el maestro y el pastor anuncia la empresa que, años después, hará famoso a Mateo en todo el país.
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