Primera entrega de una serie de fantasía infantil y juvenil ambientada en Áramu, el único continente de un planeta diminuto donde conviven bosques de cristal, mares de arena y criaturas imposibles.
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Primera entrega de una serie de fantasía infantil y juvenil ambientada en Áramu, el único continente de un planeta diminuto donde conviven bosques de cristal, mares de arena y criaturas imposibles. Cuando el príncipe Símil, heredero tan encantador como irresponsable del reino de Ilona, desaparece en plena noche, la guardia real fracasa estrepitosamente en su rescate y la corona debe buscar ayuda fuera del castillo. Allí entra Cereza, una joven cazadora de la villa del bosque que nunca pidió ser heroína, criada entre tigres azules trenzados y las despedidas llorosas de su padre.
Áramu es un continente pequeño en un mundo pequeño, y sin embargo desborda de maravillas: bosques de cristal, montañas de algodón, cataratas escalonadas, un jardín de las almas y un río al que llaman Las Venas. Sobre ese escenario se levantan tres reinos —Ilona, Alira y Mería— y sobre Ilona, en particular, una calma tan larga que su salón de guerra jamás se usó para otra cosa que celebrar cumpleaños y recibir visitas ilustres.
Esa paz se rompe una noche cualquiera, cuando alguien sale del castillo cargando un saco demasiado abultado. A la mañana siguiente, un soldado atraviesa los pasillos de alfombra púrpura para darle a los reyes Susa y su esposo la noticia que nadie esperaba escuchar en Ilona: el príncipe Símil ha sido secuestrado, y la pista que dejaron conduce al Bosque Púrpura, el lugar donde los dragones, los perros coraza y los osos de musgo desaconsejan la entrada a cualquiera que no sea cazador experimentado.
La corona ofrece recompensa y despacha a su guardia. Lo que sigue es una expedición gloriosa en la intención y desastrosa en la práctica: diez soldados que confunden una taberna con un hotel, que se aterran con enfermedades inventadas por cazadores bromistas y que regresan al castillo en carretillas, magullados y sin haber alcanzado siquiera a ver qué los atacó. El fracaso obliga a la reina a cambiar de estrategia y a enviar, por medio de un mensajero cuyo oficio consiste en recitar las cartas con el tono que le pidan, una petición de auxilio a quienes de verdad conocen el bosque.
En Villa Cazador, a un día del castillo y en los lindes del bosque, vive Cereza con Polo, su padre: el mejor cazador de su tiempo, hoy un hombre de muletas, pierna de palo y abrazos de oso que no la dejan marcharse sin llorar un poco. Cereza sale cada mañana con su caperuza azul, su resortera enorme rematada en martillo y Mish, el tigre azul trenzado que le sirve de montura. No aspira a portadas ni a coronas; le basta con trabajar, volver a casa y recordar lo que su padre le repite: que pueden llamarla como quieran, pero su corazón seguirá siendo dulce.
La novela avanza sobre esa tensión entre el reino que espera héroes de armadura y los héroes que llegan de donde nadie mira. Con un narrador cómplice que interrumpe para explicar por qué los alces llevan flores en las astas o para admitir que describirlo todo tomaría demasiado tiempo, el relato alterna la comedia de una corte donde la recompensa más codiciada son cinco puntos de ventaja en el concurso anual de flatulencias, con la construcción paciente de un mundo de aldeas desconocidas, villas que nadie visita y una revuelta que apenas empieza a asomar. Un príncipe mujeriego, princesas que no encajan en su papel, un hombre solitario y resentido detrás de todo, y una cazadora que no se propuso nada de esto: los ingredientes de una aventura pensada para leerse en familia, donde el humor no le quita seriedad a lo que está en juego.