En el Chicago de la posguerra, John Fleming arrastra una pierna inútil y un rencor todavía más difícil de disimular. Escritor de relatos populares y redactor de las Publicaciones Moeran, sobrevive entre originales ajenos y compañeros que…
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En el Chicago de la posguerra, John Fleming arrastra una pierna inútil y un rencor todavía más difícil de disimular. Escritor de relatos populares y redactor de las Publicaciones Moeran, sobrevive entre originales ajenos y compañeros que solo miran hacia arriba. Un ascenso inesperado lo coloca al frente de cuatro revistas policíacas y, de paso, en el centro de las envidias de una redacción donde todos calculan, todos vigilan y alguien empieza a acumular motivos para matar.
La novela comienza con un trayecto en autobús y una humillación cotidiana: alguien le ofrece el asiento a John Fleming, y él lo rechaza con frialdad. Es el gesto que define al personaje. Cuatro años después del final de la guerra, Fleming conserva un cuerpo hecho para el deporte y una pierna que lo obliga a apoyarse en un bastón de fresno, pero lo que de verdad no cicatriza está en la memoria: los campos de concentración, el hambre ajena, la crueldad convertida en rutina. A eso se sumó el abandono de Maisie, la prometida que retiró su palabra al verlo lisiado. De aquel derrumbe salió sin dinero, sin trabajo y con una convicción incómoda: que la gente no merece ser querida.
La escritura lo rescató. Relatos policíacos, sentimentales, del Oeste; después un cheque de Chicago, una invitación del editor Peter J. Moeran y un puesto fijo en la plantilla. Las Publicaciones Moeran ocupan entera la planta decimotercera de un rascacielos: una fábrica de revistas populares gobernada por un hombre de cincuenta años, impecable y solitario, que vigila cada sección al final de la jornada, prohíbe los idilios de oficina y espera que la empresa esté por encima de cualquier vida privada.
El retrato colectivo de esa redacción es el corazón del arranque. En la junta de dirección desfilan Beatrice Kennedy, decidida y hermosa, al frente de las publicaciones femeninas de mayor prestigio; Letty Bird, agriada por los desengaños y por la envidia, con cuatro semanarios sentimentales a su cargo y miradas demasiado insistentes hacia un compañero casado; Mark Dodsworth, cínico profesional de la literatura de consumo; Bruce Wilmot, jefe de dibujantes y seductor sin escrúpulos; Keith Langley, el único que trata su trabajo como una fe; y George Gay, redactor jefe de la sección detectivesca, sonriente, artero, dispuesto a firmar los aciertos de su ayudante. Fleming los observa a todos con una lucidez que raya en el desprecio, y en un momento se pregunta si no será su imaginación la que le hace ver, en cada rostro, el deseo de que George Gay desaparezca.
Moeran anuncia entonces la ampliación de la colección policíaca: ocho cabeceras en lugar de cinco, cuatro para Gay y cuatro para Fleming, que asciende a redactor jefe con plena libertad editorial y un aumento de sueldo. En vez de alegría, el ascenso le provoca sospecha. Cree adivinar la mano de Bea detrás de la decisión y, convencido de que se trata de lástima disfrazada, empieza a odiarla más que a nadie. Ella lo desmiente con calma —solo señaló su competencia; el puesto lo ganó él— y, durante un almuerzo tenso, le dice dos cosas que Fleming no quiere escuchar: que se ha encerrado tras su propio telón de acero, complacido en la autocompasión, y que lo quiere.
Sobre ese cruce de resentimientos íntimos y ambiciones de oficina se levanta la trama criminal. La guía de personajes anticipa lo que el ambiente ya respira: la irrupción del teniente Symes, del Departamento de Homicidios, y de su ayudante Alcott. Cuando la violencia entre en la planta decimotercera, el hombre que edita historias de crímenes tendrá que leer una de verdad, con sospechosos que conoce de memoria, un móvil repartido entre demasiada gente y una investigación que lo obligará a decidir si sigue mirando a sus semejantes desde fuera. Novela negra de redacción y de personajes, la obra usa el asesinato como pretexto para una pregunta más incómoda: cuánto daño puede hacer un hombre convencido de que nadie es inocente.
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