Un músico que ha decidido acabar con su vida encuentra, al pie del puente desde el que iba a saltar, a otro hombre que ya saltó y sigue vivo, hablando y sin dolor gracias a un polvo gris llamado ceniza.
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Un músico que ha decidido acabar con su vida encuentra, al pie del puente desde el que iba a saltar, a otro hombre que ya saltó y sigue vivo, hablando y sin dolor gracias a un polvo gris llamado ceniza. Esa noche en un pueblo dormido de Ontario, el rescate improvisado de un desconocido lo obliga a llamar a un hermano del que está distanciado y a enfrentarse a algo que camina por la calle y no responde a la razón.
Aspen Falls es la clase de pueblo que se apaga a las diez de la noche, y esa quietud es justo lo que Todd necesita. Poco después de medianoche abandona el bar donde tocaba con su banda, rodea el lago para saborear un último café frente al agua y sube al paso elevado que cruza las vías del ferrocarril. Tiene treinta y cinco años, canciones que nadie escucha, una familia que —está convencido— respiraría mejor sin él. Se sube al muro, extiende los brazos y se deja caer hacia adelante. Entonces una voz lo detiene: no viene del cielo, sino de abajo, de los rieles, donde un hombre destrozado le grita que no lo haga porque duele muchísimo.
El hombre es Walter Francis, de traje hecho jirones, con una pierna doblada donde no debería doblarse y el hueso asomando entre la carne. Debería estar muerto, o al menos aullando; en cambio bromea, se ríe y ofrece a Todd la bolsa de polvo grisáceo que lleva encima. La llaman ceniza, y no se parece a nada que ninguno de los dos conociera. Todd, con un año limpio a cuestas, la rechaza. Lo que no puede rechazar es la responsabilidad que acaba de caerle encima: Walter se niega en redondo a ir a un hospital, por la droga que lleva y por otras razones que no quiere explicar.
Lo que sigue es una travesía nocturna absurda y tenaz. Todd carga al herido, lo pasa por encima de una valla sin advertirle, arrastra su peso calle abajo buscando un teléfono público —los dos celulares están muertos, uno de ellos hecho pedazos— y despierta a la una y media de la mañana a Mitch, su hermano médico, el hombre ordenado y casado que lleva años recogiendo los desastres de Todd y que accede a ayudar con un suspiro largo y familiar. Mientras espera, con Walter apagándose contra el poste del teléfono, Todd ve acercarse desde la otra acera a una figura que camina mal, huele peor y no contesta cuando se le habla. No busca dinero ni pelea: busca morderlo.
La novela avanza sobre esa ironía brutal —un hombre que quería morir peleando con todas sus fuerzas por seguir vivo— y sobre una droga que parece mantener en pie cuerpos que ya deberían haberse detenido. Escrita por Joseph Mulak con diálogos secos y humor negro incluso en los momentos más sombríos, y traducida al español por Daniel Ricardo Yagolkowski, «Cenizas Quemadas» arranca como un relato íntimo sobre la desesperación y se convierte, en cuestión de páginas, en una historia de terror donde el vínculo entre dos hermanos que apenas se toleran será lo único a lo que agarrarse.
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