En Frosty Hollow, las luces navideñas siguen encendidas semanas después de las fiestas, y de esa luminiscencia caducada nace una criatura que se alimenta de la tristeza ajena.
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En Frosty Hollow, las luces navideñas siguen encendidas semanas después de las fiestas, y de esa luminiscencia caducada nace una criatura que se alimenta de la tristeza ajena. Cuando el Monstruo de las Luces sin Alma elige a Ginkgo Abe-To Murakami, una chica de trece años que arrastra la ausencia de su madre, solo su mejor amigo Kili —que sobrevivió al mismo acecho— sabe explicarle a qué se enfrenta y por qué huir no serviría de nada.
Han pasado dos semanas desde el final de las vacaciones de Navidad, pero en Frosty Hollow las guirnaldas multicolores siguen encendiéndose puntualmente al anochecer. Nadie sabe si es un olvido municipal o un descuido de la compañía eléctrica; lo cierto es que esa luz sobrante ya no ilumina: gotea. De ella se condensa, noche tras noche, una niebla policromada capaz de sobrevolar chimeneas y antenas en busca de humanos vulnerables. Quienes conocen su existencia la llaman el Monstruo de las Luces sin Alma.
Una tarde de viernes, de vuelta del instituto, Ginkgo Abe-To Murakami lo ve perseguir el autobús escolar sobre el puente de la avenida Poe con forma de dragón asesino. Nadie más a bordo advierte nada, y esa certeza —ser la única que puede verlo y oírlo— resulta casi tan aterradora como las fauces. En casa la esperan un padre siempre ausente por trabajo, un pósit firmado con seudónimo, cinco cajas de cartón con las luces ya descolgadas y, sobre todo, el hueco que dejó su madre, la mujer que le enseñó el shinrin-yoku, el arte japonés de bañarse en el bosque.
La explicación llega desde la ventana del vecino. Kili Krilin —Kilian, corredor de montaña antes de la enfermedad, ahora friki impenitente en silla de ruedas, con seis puntos shaolin pintados en la frente— reconoce a la criatura porque hace dos años lo eligió a él. El monstruo no mata: traspasa, y al hacerlo inocula una semilla de melancolía que regresa cada postnavidad a recoger su cosecha. Escoge a quien está más expuesto a la pena y solo se retira cuando detecta que la alegría ha vuelto a arraigar. Esconderse no sirve, porque nadie puede huir de sí mismo.
Vicent Dasí construye una novela juvenil que emplea la iconografía pop —Stranger Things, Pesadilla antes de Navidad, Dragon Ball, Hitchcock— como lenguaje afectivo entre dos adolescentes de trece años que se entienden sin explicarse. Bajo la trama fantástica late un relato sobre el duelo, la enfermedad, la amistad que no miente y el desperdicio: el de la energía encendida sin motivo y el de los abetos abandonados cuando la fiesta termina. La desaparición de una figurita de Jack Skellington, último regalo de la madre, abre la búsqueda que acabará dando sentido a todo lo demás.
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