Una casa señorial en Chacras de Coria, Mendoza, organiza la memoria de una familia italiana que hizo fortuna con el vino. Desde el portón verde inglés y la mesa de los domingos, la narradora reconstruye tres generaciones: la travesía del…
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Una casa señorial en Chacras de Coria, Mendoza, organiza la memoria de una familia italiana que hizo fortuna con el vino. Desde el portón verde inglés y la mesa de los domingos, la narradora reconstruye tres generaciones: la travesía del bisabuelo Manuel desde el Piamonte, los pleitos por la herencia y la madrugada de 1977 en que un grupo armado se llevó a su abuelo Victorio y a su tío Omar. Una crónica íntima donde la abundancia y el horror comparten las mismas paredes.
Todo empieza y vuelve a un mismo lugar: la casona de Viamonte 5329, en Chacras de Coria, levantada a imitación de una villa pompeyana y comprada en 1924 por Manuel Cerutti, campesino piamontés que desembarcó en el Río de la Plata en 1885 y terminó fundando una de las bodegas pioneras de Mendoza. La narradora, nieta de esa estirpe, recorre la casa como quien recorre un cuerpo: el reloj de sol sobre la puerta de roble, el sótano que huele a humus y vino, la galería donde una tía bailaba con el lampazo al compás del Danubio Azul, la mesa donde veinte personas discutían el punto de la salsa y la manera correcta de cortar el queso.
De ese inventario sensorial emerge una saga: la leyenda del gringo bravo que cruzó la cordillera, las langostas y los aluviones que arruinaban las vendimias, el cocoliche y las frases en dialecto, el risotto al azafrán que debía comerse el 1º de enero para que el año viniera poblado de oro. También su reverso: casi treinta años de pleito sucesorio entre ocho hermanos, un suicidio anterior en la misma habitación donde fue concebida la autora, un niño muerto cuyo nombre nadie pronunciaba, empleadas que dormían en una pieza mínima y jamás se sentaron a esa mesa.
Sobre esa arquitectura de esplendor y grietas cae la madrugada del 12 de enero de 1977: quince hombres encapuchados entran al jardín y se llevan a Victorio, de 75 años, y a su yerno Omar, de 42. Ambos pasaron por la ESMA; los sobrevivientes reconocieron la camisa escocesa del abuelo; los arrojaron al río desde un avión. Meses después la finca amaneció con otros dueños y la Casa Grande fue malvendida bajo presión. El relato sigue ese despojo hasta la expropiación de 2014, que destinó la casona a un Archivo Nacional de la Memoria, y hasta la sala de audiencias donde la autora declara con la casa proyectada en la pared, frente a uno de los responsables.
Escrito en fragmentos breves —Cuna, Borceguíes, Arroz amarillo, Teclas—, el libro cruza expediente judicial, testimonio y memoria familiar sin elegir entre la verdad y la fábula. Es a la vez historia del vino argentino, retrato de la inmigración italiana y elegía por un paraíso que el terror deshizo.