Una madrugada de insomnio en la Ciudad de México, un fotógrafo de casi treinta años se dedica a borrar archivos viejos y encuentra, en una cobertura de hace años, el rostro de una mujer que no debería estar ahí.
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Una madrugada de insomnio en la Ciudad de México, un fotógrafo de casi treinta años se dedica a borrar archivos viejos y encuentra, en una cobertura de hace años, el rostro de una mujer que no debería estar ahí. La novela alterna esa noche de 2019 con el verano de 2012 en Goya, cuando conoció a Abril en la azotea de la casa de sus abuelos, entre cigarros y jazz.
Sebastián Torres despierta a las tres de la mañana con la respiración descompuesta, empujado fuera del sueño por dos escenas que no logra desactivar: su madre ofreciéndole una copa vacía y un salón de clases donde todos sus compañeros comparten la misma cara y la misma carcajada. Sabe que volver a dormir sería entregarse a un territorio que no controla, así que hace lo de siempre: se levanta descalzo, se sirve un whisky y busca con qué llenar las horas muertas. La Condesa, esa noche, está anormalmente callada.
Lo que empieza como una rutina de insomne —hojear una libreta adolescente de poemas que hoy le da vergüenza, ordenar carpetas, tirar archivos que no ha tocado en años— se convierte en una excavación. Entre fotos de la preparatoria, de una exnovia, de amigos dispersos por el país y de dos que ya murieron, aparece una carpeta que él mismo tituló con una frase que funciona como frontera: Goya antes de Abril. Y más adelante, en una cobertura vieja para una agencia de eventos, una chica de cabello corto mira directamente a la cámara desde el fondo de un salón, detrás del público, mientras una banda indie toca. Sebastián edita la imagen, la aclara, la amplía. No es un error de la vista ni un juego de su mente dañada: es ella.
La narración retrocede entonces a junio de 2012, a la casa laberíntica de sus abuelos en Goya, una ciudad a más de mil metros de altura donde Sebastián pasa las vacaciones tolerando y siendo tolerado. Hay una abuela que le corrige la postura, un abuelo que le pide ayuda con una presentación para impresionar a un empresario local, una libreta donde clasifica sus sueños por categorías y una azotea que funciona como refugio: cigarros Lucky Strike, Miles Davis al máximo volumen, la ciudad entera a sus pies. Ahí, mientras suena Radiohead, sube Abril —hija de los invitados, veintidós años, oído afinado, encendedor propio— y le pide un cigarro. La conversación fluye con una naturalidad que a Sebastián lo desconcierta.
Entre esas dos líneas de tiempo se despliega el retrato de un hombre construido por sus ausencias: un padre policía asesinado, una madre que se disolvió, una hermana que carga con el cuidado, una terapia abandonada sin explicaciones, una vocación fotográfica reducida a una sola imagen que alguna vez consideró arte. La obra avanza con voz en primera persona, humor seco y una honestidad incómoda, y convierte una fotografía subexpuesta en la grieta por donde se cuela todo lo que su protagonista creía haber archivado.