Pierre de Bourdeille, señor de Brantôme, memorialista y soldado del siglo XVI, reúne aquí una indagación desenfadada sobre una vieja pregunta cortesana: en cuál de los tres estados —casada, viuda o soltera— arde con más fuerza el deseo…
Descargar
Pierre de Bourdeille, señor de Brantôme, memorialista y soldado del siglo XVI, reúne aquí una indagación desenfadada sobre una vieja pregunta cortesana: en cuál de los tres estados —casada, viuda o soltera— arde con más fuerza el deseo femenino. A partir de una conversación en la corte de Madrid y del debate que Boccaccio plantea en su Filocolo, el autor encadena testimonios, refranes y anécdotas de damas y caballeros que conoció de cerca. El resultado es un retrato franco de la vida galante de su tiempo y, de paso, de las costumbres que la sostenían.
Todo empieza con una pregunta hecha al paso. Durante una estancia en la corte de Madrid, una dama «muy razonable» plantea al autor cuál de los tres estados de la vida —casada, viuda o soltera— dispone a la mujer a amar con mayor vehemencia. La respuesta que ella misma ofrece, apoyada en la idea de que solo echa de menos quien ha probado, abre un debate que Brantôme no cierra: lo amplía, lo contrasta y lo pone a rodar durante todo el libro.
Para ordenarlo toma como guía a Boccaccio, que en el Filocolo somete la misma cuestión a la voz de una Reina y al contraargumento del caballero Ferramont. Casada, viuda y soltera desfilan así por una especie de juicio galante donde cada parte alega sus razones: la costumbre y el agravio conyugal, la memoria del placer perdido, el miedo al primer asalto y al honor comprometido. Brantôme reproduce el pleito, lo comenta y luego lo somete a su propia prueba: la de aquello que ha visto y escuchado en las cortes que frecuentó.
Ahí está el verdadero material del libro. El autor procede por acumulación de casos, siempre atribuidos a terceros —una gran señora, una dama de buena familia, una joven de alto linaje—, y de esa cautela nace su libertad. Desfilan la esposa que justifica su desliz con una metáfora de jardines y regadíos, la que administra sus afectos como un buen economista reparte inversiones, la enferma a quien el médico receta amor, la doncella que traduce un verso italiano como si dictara sentencia. Junto a ellas aparece todo el aparato que sostiene esos amores: criadas cómplices y sobornadas, pactos de reparto que rara vez se cumplen, notas tragadas de un bocado ante la llegada del marido, una gatera que decide un destino. La comedia de costumbres se cuela por esas rendijas.
El tono es lo más singular de la obra. Brantôme escribe de manera coloquial y sin sistema, vertiendo observaciones, refranes y recuerdos según le vienen, con una franqueza que sus contemporáneos no siempre se permitieron. El erotismo funciona por alusión y alegoría —brasas, vientos, navegaciones de Levante a Poniente— y descansa más en la complicidad del lector que en la literalidad del texto. Bajo la superficie festiva late un cuadro social preciso: mujeres que negocian su deseo dentro de un orden que no lo reconoce, y maridos convencidos de gobernar lo que no comprenden.
Escritas tras el retiro forzoso del autor a sus tierras y publicadas mucho después de su muerte, estas páginas conservan un doble interés. Como documento, ofrecen un testimonio de primera mano sobre la vida cortesana del siglo XVI, sus intrigas y su libertinaje abierto. Como lectura, sorprende hasta qué punto lo que pretendía ser elogio de la superioridad masculina termina volviéndose del revés: son ellas, con su ingenio y su capacidad de réplica, quienes se llevan cada escena.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.