Un bajista de treinta y siete años, padre soltero y crónicamente sin dinero, descubre durante el verano de 2018 que su cuerpo ha empezado a fallarle y que la ciudad donde siempre supo sobrevivir con un euro ha dejado de tener sitio para él.
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Un bajista de treinta y siete años, padre soltero y crónicamente sin dinero, descubre durante el verano de 2018 que su cuerpo ha empezado a fallarle y que la ciudad donde siempre supo sobrevivir con un euro ha dejado de tener sitio para él. Entre el sudor, la calvicie y la desaparición de los bares baratos del Raval, decide emprender una investigación irónica y feroz sobre la calle Parlament: el territorio de los adultos que sí han aceptado las reglas.
Todo empieza con una certeza física: el narrador se está pudriendo. Lo nota en el pelo que se le retira, en la memoria que ya no retiene nombres ni grupos de música, en unos testículos que cuelgan y, sobre todo, en un sudor nuevo que convierte cualquier camiseta en un trapo húmedo. Tiene treinta y siete años, una hija, ningún ahorro y la sospecha razonable de que la muerte va ganando la carrera. El verano de 2018 le sirve de diagnóstico: el umbral entre los jóvenes y los viejos ya ha quedado atrás.
La segunda certeza llega la misma noche en que sale con Cigarro, un viejo amigo bajista que ha bajado desde Pamplona con la expectativa de una borrachera memorable. El bar de siempre, feo, desordenado y sagrado, ya no vende cerveza a un euro. Los dos recorren la ronda de Sant Pau durante más de una hora sin encontrar un solo local a su altura económica, y entienden el mensaje que la ciudad les está lanzando sin disimulo: aquí ya no queda espacio para los miserables. Cuando doblan una esquina y aparecen las mesas de madera basta, el ladrillo visto, las bombillas Edison y las cervezas artesanas, saben que han cruzado a otra dimensión. Es la calle Parlament.
De ahí nace el proyecto absurdo y sincero que sostiene el libro: si ser adulto consiste en ganar dinero de verdad, tener un piso decente y tomar vermuts los domingos, entonces habrá que ir a Parlament y aprender a habitarla. El narrador se prepara con una lista de prejuicios minuciosa y despiadada, un inventario de emprendedores con el portátil abierto, fotógrafos que llaman fanzine a un objeto de veinticinco euros, galerías vacías, pisos turísticos y camisas de lino, antes de presentarse allí con sus tres pantalones negros y sus camisetas de grupos.
Lo que podría haber sido un panfleto contra la gentrificación es algo más incómodo y más interesante. El narrador se examina con la misma dureza con la que juzga a los demás: reconoce la envidia debajo del desprecio, la pereza detrás de su rechazo al gimnasio y la trampa moral de una vida hecha de latas en la acera cuando ya hay una niña a la que hay que secarle el pelo. Su defensa de los bares humildes, donde apenas se distingue al cliente del camarero, convive con la sospecha de que su propia autenticidad es también una pose.
Escrito en una primera persona directa, sucia y muy divertida, el libro combina el diario generacional, la crónica urbana y el ensayo involuntario sobre la clase social. Barcelona aparece aquí no como escenario turístico sino como un organismo que expulsa, que sube precios y sustituye droguerías por tiendas de jabones naturales. Y en medio de esa mutación, un hombre que no quiere madurar y que tampoco sabe cómo evitarlo se dedica a mirar de cerca el lugar exacto donde va a tener que rendirse. Un retrato honesto de la precariedad adulta, de la paternidad sin red y de esa edad en la que uno descubre, con horror, que ya es el señor al que los adolescentes intentan venderle un número para el viaje de fin de curso.
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