Un recorrido por la vida cotidiana en la España del siglo XVI, cuando un adolescente flamenco llamado Carlos de Habsburgo desembarcó en las costas asturianas sin hablar castellano y con medio mundo conocido por herencia.
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Un recorrido por la vida cotidiana en la España del siglo XVI, cuando un adolescente flamenco llamado Carlos de Habsburgo desembarcó en las costas asturianas sin hablar castellano y con medio mundo conocido por herencia. Frente a la gran historia de guerras y tratados, este libro elige la pequeña: el protocolo borgoñón, la moda y la higiene, las fiestas y los banquetes, los caminos y las posadas, la infancia, el amor y la muerte. Dos universos que rara vez se cruzaban: la corte y el pueblo llano.
En 1517, cuando el techo de la Capilla Sixtina aún olía a pintura fresca y Tomás Moro acababa de inventar la palabra utopía, un muchacho retraído y callado desembarcó en Asturias. No hablaba castellano, se escondía tras las faldas de consejeros voraces y algunos llegaron a preguntarse si sería mudo o si habría heredado la locura de su madre. Ese muchacho era Carlos de Habsburgo, y traía consigo una herencia inmensa y una corte entera.
Este libro parte de ese choque para reconstruir la vida real de un siglo hecho de contrastes. El Renacimiento estudia astronomía y astrología a la vez, cartografía una Tierra por fin redonda y calcula los días que le quedan al mundo antes del juicio final; encumbra al hombre y deja a la mujer fuera de ese Olimpo; respira libertad mientras teme a herejes, presagios y brujas. En medio, la imprenta funciona como la madre de todas las redes sociales.
La mirada se reparte entre dos mundos que casi nunca se mezclaban. Por un lado, la corte: la casa de Borgoña llegada con sus flamencos y su francés, el protocolo como libro de instrucciones de una máquina de cientos de piezas, los oficios que humillaban a la nobleza sirviendo la camisa o la silleta del rey, el sumiller de corps que dormía en la cámara real, los monteros que velaban el sueño del monarca, los reyes de armas que viajaban a insultar al soberano vecino y los bufones —Francesillo de Zúñiga entre ellos— autorizados a enfadarse con un rey absoluto. Por otro, el pueblo llano, cuya jornada la marcaban las campanas de la iglesia y no un reloj que casi nadie tenía.
De ahí en adelante, el recorrido abarca la ropa y los afeites, el miedo a lavarse, las fiestas y los torneos, los banquetes y las comidas humildes, los toros y los juegos de cañas, el teatro y los naipes, los palacios y las ventas de mala fama, el parto donde la mujer se jugaba la vida, la educación de los niños, la doncella, la casada, la viuda y la que entraba en religión, hasta el arte del bien morir y los entierros.
El resultado es una crónica de la vida entera, de la cuna a la tumba, en la España que aprendió a convivir con su emperador y que también tuvo que enseñarle a él a vivir como uno más.
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