Inglaterra, enero de 1502. En la aldea amurallada de Moretón, Alyxandria Blackett, hija de un modesto abogado, posee un don que el pueblo entero considera un milagro: toca cualquier instrumento que le pongan delante y canta con una voz…
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Inglaterra, enero de 1502. En la aldea amurallada de Moretón, Alyxandria Blackett, hija de un modesto abogado, posee un don que el pueblo entero considera un milagro: toca cualquier instrumento que le pongan delante y canta con una voz capaz de estremecer los muros de la iglesia. Un encuentro violento con el heredero del conde de Waldenham convierte ese don en su condena. En cuestión de horas pierde a su padre, su casa y su nombre, y para sobrevivir a una orden de arresto que ofrece recompensa por ella, viva o muerta, deberá cortarse el pelo, vestirse de muchacho y buscar refugio entre los forajidos del bosque.
El relato se abre con una escena doméstica de gran calidez: una muchacha que baja de puntillas una escalera para no despertar a su padre enfermo, que evita el cuarto escalón porque cruje, y que sale de la aldea antes del amanecer con una cítara al hombro y un pequeño escritorio portátil bajo el brazo. Alyxandria Blackett tiene veinte años, un cuerpo menudo que la decepciona y una cabeza tan llena de melodías que a veces no oye lo que le dicen. Desde niña compone: nanas para los bebés del pueblo, salmos para la iglesia, canciones de amor por encargo para quien se lo pida. La aldea la venera y, al mismo tiempo, la mantiene aparte, como una reliquia sagrada: inspiradora de respeto, pero intocable.
Esa doble condición —adorada por su talento, aislada por él— es el eje íntimo de la primera parte. El sacerdote que descubrió su don cuando tenía diez años se ocupó de formarla con rigor y de rechazar, en su nombre, cuatro propuestas de matrimonio, convencido de que Dios la había reservado para el servicio del altar. Alyx aceptó el argumento durante años; ahora empieza a sentir el peso de la soledad, y la novela deja ver, con humor y sin sentimentalismo, cuánto le gustaría formar parte de la vida ordinaria de la gente que conoce desde siempre.
La ruptura llega bajo un manzano, fuera de las murallas. Tres jinetes ebrios y adinerados interrumpen su trabajo; el más corpulento se presenta como el futuro conde de Waldenham, la misma familia que ha ido despojando de sus tierras a los campesinos de la comarca para cercarlas y llenarlas de ovejas. La agresión es breve y brutal, y la reacción de Alyx también: se defiende, huye a campo traviesa y sobrevive gracias a un anciano vestido de terciopelo que la esconde en el bosque del rey. Cuando regresa, encuentra su instrumento hecho astillas bajo los cascos de los caballos. Esa noche, la humillación del noble se convierte en represalia: unos ganchos de acero sobre el muro, una ventana forzada, un asesinato, un incendio y, al alba, un pergamino clavado en un poste calcinado que acusa a la muchacha de herejía, brujería y robo. Nadie en Moretón se cree la denuncia; casi nadie puede permitirse defenderla.
A partir de ahí, la historia se transforma en una novela de fuga y de identidad. Un plan improvisado entre el sacerdote y un criado del conde propone la única salida posible: hacer desaparecer a la mujer para que la persona sobreviva. Con el pelo corto, una faja ceñida, calzas, jubón de lana y botas hasta la rodilla, Alyx descubre una libertad de movimientos que nunca había conocido y se dirige hacia un bosque del norte, donde una banda de proscritos con su propio líder y su propia disciplina puede darle escondite —siempre que nadie averigüe quién es ni cuánto vale su cabeza.
El retrato de época sostiene el conjunto sin recargarlo: los cercamientos que arruinan a los granjeros, la justicia que un conde puede comprar con un pergamino, el latín de las misas, los instrumentos prestados, la horca que espera a quien caza un conejo en tierra del rey. Y en el centro, una protagonista cuya arma es la voz: la misma que un noble llama demoníaca es la que le ha enseñado a respirar largo, a resistir corriendo y a no considerarse inferior a nadie. La obra se estructura en dos partes y avanza con capítulos breves, prosa directa y una tensión que no concede tregua desde la primera página.