Madrid, finales del verano de 2002. Un consorte instalado en el palacio de una casa aristocrática decide desaparecer: nueva identidad, nuevo oficio, clandestinidad.
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Madrid, finales del verano de 2002. Un consorte instalado en el palacio de una casa aristocrática decide desaparecer: nueva identidad, nuevo oficio, clandestinidad. Antes de cruzar la puerta deja por escrito su versión de los hechos, un relato donde el fraude de subvenciones europeas, la traición a un cuñado y las guerras civiles de familia se cuentan con la naturalidad de quien nunca llega a considerarse culpable de nada.
La novela se abre con una mañana meticulosa: un desayuno enumerado plato a plato, unas flexiones sobre el mantel doblado, una bolsa preparada con disciplina de manual militar y un móvil abandonado en la mesilla para despistar a quien intente seguir su rastro. Quien narra es el yerno político de una casa nobiliaria madrileña —«Mamá» manda, un cuñado gestiona, y él ocupa el lugar incómodo del consorte— y ese miércoles de septiembre de 2002 abandona el palacio que ha sido su hogar para empezar de cero bajo otro nombre.
Antes de irse deja constancia. El grueso del libro es ese informe, escrito con la certeza de que ningún gran hombre deja su odisea sin registrar, y en él se despliegan las reglas de la Casa (qué ropa se lleva por los corredores, cuántos advenedizos conviene tener en nómina), la jerarquía doméstica, las alianzas y purgas que pasan de generación en generación, y sobre todo el asunto que lo ha puesto contra las cuerdas: un entramado de subvenciones europeas al lino transgénico, sociedades pantalla, contratos cruzados y plantas que acaban convertidas en pienso. El narrador concibió el plan; el cuñado lo ejecutó sin contar con él; el narrador respondió filtrándolo, con adornos de cosecha propia, a un viejo amigo con acceso a Bruselas y cuentas pendientes. De ahí salen abogados, un destierro en Galicia, unos constructores que no devuelven un préstamo y una carta antigua, de su puño y letra, que reaparece en las peores manos.
La fuerza del libro está en la voz. Todo llega filtrado por alguien que se explica sin descanso, que llama honesto a lo que es delito y mera enfermedad de juventud a un cadáver dejado atrás, y que administra sus propios recuerdos con una elasticidad reveladora: matiza, corrige, admite que quizá aquella conversación fue más larga y más áspera de lo que ahora cuenta. Alrededor de él, una comedia de castas —el servicio y sus mafias, los famosos de adorno, los títulos por metro cuadrado— avanza con humor seco y erudición exhibida, entre citas de Suetonio y digresiones mitológicas que siempre terminan sirviendo para justificarlo.
El resultado es a la vez retrato social y confesión involuntaria: la crónica de un fraude contada por quien se considera su única víctima, y el arranque de una fuga cuyo destino el lector aprende pronto a no dar por cierto.