Malcolm Ede decide, el día que cumple veinticinco años, no volver a levantarse de la cama. Veinte años después pesa más de media tonelada y su familia entera gira a su alrededor como lunas sin nombre.
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Malcolm Ede decide, el día que cumple veinticinco años, no volver a levantarse de la cama. Veinte años después pesa más de media tonelada y su familia entera gira a su alrededor como lunas sin nombre. Narrada por el hermano menor —siempre a la sombra, siempre pendiente—, esta primera novela de David Whitehouse convierte una excentricidad doméstica en una crónica tragicómica sobre el amor que asfixia mientras sostiene.
Hay un contador en la pared que marca el Día Siete Mil Cuatrocientos Ochenta y Tres. Del otro lado de la habitación, en un camastro hecho con tres colchones, duerme Malcolm Ede, un hombre que hace veinte años decidió no salir nunca más de la cama y que desde entonces ha ido creciendo hasta convertirse en una geografía propia, un planeta con territorios sin cartografiar. Quien cuenta la historia es su hermano menor, un narrador que nunca llega a decir su nombre y que ha pasado la vida entera ocupando el espacio que Mal no llenaba.
La novela avanza en dos tiempos que se trenzan. En el presente, la casa se ha convertido en un espectáculo: la habitación de Mal atrae cámaras y curiosos, y la familia lo administra todo con la resignación de quien lleva demasiado tiempo en el mismo papel. En el pasado, el relato reconstruye cómo un niño distinto —desnudo durante semanas enteras, colgado de la antena de la televisión en pleno verano, empeñado en ser el primero del mundo en algo, en lo que fuera— fue empujando a los suyos hacia sus órbitas definitivas. La madre, que perdió su juventud cuidando a otros y encontró en Mal una devoción sin fondo, una manta que abriga y ahoga a la vez. El padre, silencioso, con las manos agrietadas de tanto «bregar», que carga con la memoria de dieciséis hombres muertos en el fondo de una mina sudafricana y con la sospecha de que aquello fue culpa suya. Lou, que a los pocos años cruzó un patio bajo la lluvia solo para darle la mano a un chico empapado, y que nunca supo soltarla del todo. Y el hermano, atrapado entre el amor y el resentimiento, encargado de mirar y de contar.
Whitehouse escribe esta historia con una prosa de imágenes largas y precisas —el cuerpo de Mal como una ballena varada, las voces de una discusión llegando a través del yeso como murmullos submarinos, las fotografías que un hombre lleva en el bolsillo y que van pesando menos con los años salvo una— y sostiene un equilibrio difícil entre la comedia y el desconsuelo. Lo que empieza pareciendo la crónica de un caso extraordinario se revela pronto como algo mucho más reconocible: el retrato de una familia organizada en torno a quien más ruido hace, y de lo que les cuesta a los demás seguir queriéndolo.
Galardonada con el premio To Hell with Prizes 2010, es una primera novela sobre el precio de crecer, sobre la diferencia entre cuidar y consentir, y sobre esa frase que el padre deja caer una vez y que ordena todo el libro: amar a alguien es verlo morir.