En el París ocupado de 1941, un periodista perseguido por los alemanes se refugia en los arrabales de la Maubert. Allí conoce a Cyril, un enigmático relojero de Kiev que guarda un secreto ancestral: la leyenda de Oswald Biber, un artesano…
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En el París ocupado de 1941, un periodista perseguido por los alemanes se refugia en los arrabales de la Maubert. Allí conoce a Cyril, un enigmático relojero de Kiev que guarda un secreto ancestral: la leyenda de Oswald Biber, un artesano medieval que fabricaba relojes capaces de invertir el paso del tiempo. Entre la realidad de la ocupación y el misterio que envuelve al relojero, el narrador descubre que la frontera entre lo real y lo fantástico es tan tenue como las aguas del Sena.
París, 1941. Bajo la ocupación alemana, la ciudad se repliega sobre sí misma, fragmentada en territorios rivales, sus barrios convertidos en planetas aislados. Un periodista opuesto al régimen, herido y capturado en junio de 1940, logra escapar. Perseguido, armado apenas con documentos falsados a nombre del sargento Ybarne, busca refugio en los márgenes de la Maubert, el París antiguo de casas oscuras y callejuelas que rezuman historia.
Allí, guiado por un instinto que no puede explicar, encuentra a Cyril, un relojero extraordinario de Kiev cuya tienda de tablas no alcanza los tres metros cuadrados. Cyril es un hombre cubierto de infinitas arrugas, momificado por los siglos, un personaje al que nadie parece envejecer, que ha tenido catorce esposas y que cambia de nombre cuando le place. Su presencia irradia misterio: en el barrio todos saben que posee conocimientos vedados.
Mientras se refugia en el antro de Pignol bajo ocupación, el narrador descubre en viejos archivos la leyenda de Oswald Biber, un relojero oriental del siglo XV que se instaló en el mismo emplazamiento donde ahora trabaja Cyril. Biber, convertido al cristianismo y protegido por Tristán el Ermitaño, comenzó a fabricar relojes extraordinarios: máquinas cuyas agujas giraban hacia atrás, capaces de invertir el tiempo. Sus clientes más antiguos y adinerados rejuvenecían progresivamente, retrocediendo por sus propias vidas.
Pero el precio de tal magia resultó insoportable. Cuando los beneficiarios del secreto exigieron que sus vidas volvieran hacia adelante, Biber confesó la verdad: él mismo llevaba un reloj dual, envejeciendo y rejuveneciendo cada dos días. No podía romper el hechizo que los atrapaba. En la noche del enfrentamiento final, sus clientes invadieron su casa buscando robar el reloj maestro. En la lucha, lo destrozaron. Todos cayeron fulminados al instante.
Cuando el narrador comparte esta leyenda con Cyril, el relojero palidece, tiembla. Con la voz quebrada, pregunta: «¿Entonces, tú también sabes eso?». En esa mirada infinita, en ese instante de angustia surgida desde el fondo de las edades, la frontera entre la historia, el misterio y la realidad se disuelve. París, la Maubert, el Sena que rezuma descontento: todo vibra con una inquietud que trasciende la ocupación política. Existe otro tiempo, otra ocupación, una que ningún ejército puede comprender.
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