Una tarde de té en una casa de campo cerca de Londres reúne a un editor apasionado por los títeres, su ahijada viuda dos veces y una joven pintora enfrentada a su prometido: bajo la cortesía doméstica se acumulan rencores, secretos y…
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Una tarde de té en una casa de campo cerca de Londres reúne a un editor apasionado por los títeres, su ahijada viuda dos veces y una joven pintora enfrentada a su prometido: bajo la cortesía doméstica se acumulan rencores, secretos y encuentros que anuncian una cadena de crímenes.
En Herne Lodge, a sesenta millas de Londres, el otoño va cediendo el jardín a los crisantemos cuando Gilbert Fawcett, editor de cabellos blancos y risa fácil, regresa de una semana fuera y encuentra el té servido. Lo espera Fulvia Walden, su ahijada, recién restablecida de una travesía que estuvo a punto de matarla y de un año de duelos y trámites: dos maridos perdidos —uno en un avión estrellado, otro en un automóvil incendiado—, ambos ante sus propios ojos. La conversación entre ellos avanza entre la ternura y la evasiva: Fawcett quiere creer que su ahijada está curada por dentro tanto como por fuera, y prefiere refugiarse en su afición devoradora, la historia y el arte de los títeres, antes que dejarla internarse en confidencias que intuye penosas.
La calma se rompe cuando bajan Janet Ashby, sobrina del editor y pintora joven, y Neville Carswell, su prometido, un negociante en cuadros doce años mayor y de temperamento inflexible. Traen una discusión a cuestas y la despliegan sobre la mesa del té: él reprueba los temas de ella —los pobres, los ebrios, los desheredados del East End—, ella replica que no pintará muchachas remando ni desnudos complacientes. El desacuerdo estético se vuelve pulso de voluntades cuando Janet anuncia el encargo que ha aceptado esa misma mañana: doce aguafuertes para la edición de lujo de una novela cuyo autor anónimo cedió los derechos y pidió que, de no publicarse, se quemara el manuscrito. Para Neville el libro es una infamia; para Janet, una obra maestra y un honor. La ruptura se agrava con un segundo anuncio: Janet ha concertado una entrevista con Josiah Ellis, pintor de genio y de reputación turbia, que pasa parte del año en una casa solitaria del pueblo.
La escena se dispersa como una carga que queda armada. Fulvia sale a caminar bajo la llovizna; Neville corre a un tren que no puede perder; Fawcett, que ha diagnosticado con lucidez el desastre que se avecina entre los novios, se retira con su pipa. Janet llega empapada y con retraso a la casa de ladrillos del pintor, temiendo su cólera, y descubre en cambio a un hombre de sonrisa lobuna y meticulosidad casi maniática que la hace pasar a un taller austero y ordenado. Alrededor de esa entrevista quedan tendidos los hilos que la novela irá tensando: un editor y su socio, una ahijada de pasado sombrío, un marchante autoritario, un competidor en el negocio de los cuadros y, aguardando su hora, un inspector en jefe de Scotland Yard.
Peter Coram construye su relato con los materiales del policial clásico inglés —la casa de campo, la ciudad, el mundo del arte y de la edición— pero dedica sus primeras páginas a algo más difícil: dejar que los personajes se delaten solos, en el tono de una conversación de sobremesa. Los caracteres se dibujan por sus intransigencias, las coincidencias se acumulan sin subrayado, y la ironía del narrador convive con una inquietud que no cesa de crecer. Cuando la cadena empiece a cerrarse, el lector habrá visto ya cada eslabón forjarse a plena luz.
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