Mendoza, detective privado fracasado, aguarda en un aeropuerto el despegue de un vuelo que promete salvarlo económicamente. Reflexiona sobre diecisiete semanas persiguiendo a Luis Peñasco, vigilando infidelidades ajenas mientras su propia…
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Mendoza, detective privado fracasado, aguarda en un aeropuerto el despegue de un vuelo que promete salvarlo económicamente. Reflexiona sobre diecisiete semanas persiguiendo a Luis Peñasco, vigilando infidelidades ajenas mientras su propia vida se disuelve en whisky y rencor. Una llamada misteriosa lo cita para lo que parecería ser su oportunidad de redención. Pero Mendoza desconoce que es solo una pieza en un juego tejido meses atrás: cada decisión que cree tomar ya fue decidida por otros. Un retrato de decadencia donde el destino se disfraza de elección propia.
Mendoza es un detective privado que vive en los márgenes de la ciudad, entre borracheras y la ilusión de que alguna vez la suerte golpeará su puerta. Su oficina es apenas una pocilga alquilada; su éxito profesional, una mentira que repite en los bares de la rambla. Es un perdedor nato convencido de que puede ganarle a su destino, pero cada movimiento lo hunde más en el pozo.
La novela comienza en la sala de espera de un aeropuerto, donde Mendoza aguarda el vuelo 302 de Iberia. Luis Peñasco, su último cliente, sube a ese avión. Diecisiete semanas de vigilancia terminan. Diecisiete, su número de mala suerte en toda apuesta, marca el cierre de un ciclo que lo mantiene con vida económica.
Antes, durante la primavera, Mendoza fue contratado por Zadock, un empresario que sospecha de su esposa. El trabajo es rutinario: seguir, fotografiar encuentros ilícitos con un abogado llamado Salsamendi, reunir pruebas de infidelidad. Por primera vez, Mendoza siente que algo funciona. Sus fotos mediocres pero efectivas servirán como evidencia para un divorcio ventajoso.
Pero cuando contacta a la esposa de Zadock para ofrecerle las fotografías, descubre que es parte de un tablero donde otros movieron sus piezas mucho antes. Luego viene la llamada: un tal Heredia lo cita en la rambla. Sin dinero, sin esperanza, Mendoza acepta. No sabe que está entrando en un juego cuyo ganador ya fue decidido.
La novela es un retrato de la decadencia moral donde cada personaje cree controlar hilos que en realidad lo controlan a él. Mendoza es el corazón de esta tragedia: un hombre que confunde ilusión con decisión, que cree elegir cuando solo sigue guiones ajenos.
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