Hana tiene veintiún años, estudia Bellas Artes en Madrid y reparte los pedidos del wok familiar. Una noche de mayo, en una pelea a la salida de un bar de Argüelles, conoce a Ro: cabeza rapada, sonrisa desafiante, un cigarro manchado de…
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Hana tiene veintiún años, estudia Bellas Artes en Madrid y reparte los pedidos del wok familiar. Una noche de mayo, en una pelea a la salida de un bar de Argüelles, conoce a Ro: cabeza rapada, sonrisa desafiante, un cigarro manchado de sangre compartido en el saliente de un portal. El verano que sigue es torpe, cutre y luminoso. Pero Hana se duerme el 31 de agosto y, al despertar, Ro no está: nadie la recuerda, nadie parece haberla conocido nunca.
Se llama Haneul Hong, pero decidió llamarse Hana a los doce años, después de que un colegio entero la rebautizara con una crueldad tan repetida que dejó de sonar a broma. Elegirse el nombre fue su primer acto de soberanía, y el resto de su vida se parece a esa decisión: cabezota, oblicua, hecha de pequeñas resistencias. A los veintiuno vive en Moncloa, estudia Bellas Artes sin creerse del todo capaz de nada, no carga el móvil casi nunca —le molesta que algo sea imprescindible— y reparte a domicilio la comida del wok que sus padres levantaron sobre las ruinas de un restaurante coreano que Madrid nunca quiso entender.
Su mundo tiene un perímetro reconocible: Mía Lanza, la vecina de arriba que la despierta lanzándole calcetines por el patio de luces y que decidió unilateralmente que serían amigas; Kyung, el hermano que heredará el negocio y la llama Hana Banana; unos padres que negocian a diario entre dos idiomas y dos formas de querer; Álex, el amigo que colecciona peleas que no puede ganar. Una noche de mayo, una de esas peleas la empuja a la calle, a correr entre farolas, y a acabar sentada en un portal junto a una desconocida alta y rapada que le pide una calada de un cigarro manchado de sangre. Se llama Ro. Se levanta y se va.
Lo que viene después es un verano: un supermercado y la vieja historia de una langosta, la puerta rota de un baño, un piano electrónico, ocho plantas con nombre. Nada épico, todo pequeño, y sin embargo Hana piensa que eso podría durar para siempre. No dura. El 31 de agosto se duerme y, al abrir los ojos, Ro se ha borrado del mundo: de las conversaciones, de las casas, de la memoria de todos los que estuvieron ahí. Solo queda una testigo.
Clara Duarte construye una novela de voz —irónica, digresiva, tiernísima— sobre la identidad que uno se fabrica cuando el nombre heredado no basta, sobre pertenecer a un punto medio y hacer de eso un lugar propio, y sobre la pregunta que late bajo todo el libro: cómo sería tu vida si solo existieras seis meses al año.