Luka nace callado en 1959 en la pequeña Macarsca costera; Dora llega tres años después con un grito que conquista a todos. Sus caminos se cruzan en el parvulario cuando ella, con audacia de niña, lo besa al verlo desmayarse.
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Luka nace callado en 1959 en la pequeña Macarsca costera; Dora llega tres años después con un grito que conquista a todos. Sus caminos se cruzan en el parvulario cuando ella, con audacia de niña, lo besa al verlo desmayarse. Años después, unidos en cada verano junto al mar, comparten una intimidad que trasciende la infancia y se convierte en la medida de sus propias vidas.
En el tranquilo pueblo de Macarsca, en la costa croata, dos niños nacen con tres años de diferencia, cada uno portador de un temperamento que los definirá para siempre. Luka llega al mundo en 1959 con un llanto quedo, como si guardara un secreto desde antes de nacer. Ciego como un gatito recién nacido, sus ojos permanecen abiertos de par en par, única ventana hacia un mundo que recién comienza. Es un niño singular, callado, pensativo, como si llevara ochenta años de existencia en ese cuerpo diminuto.
Tres años después, Dora irrumpe en el mundo con un grito tan estridente que hasta la experimentada comadrona no puede evitar reír. Viva, insaciable, quiere verlo todo, tocarlo todo, ir a todas partes. Su memoria es portentosa; su forma de caminar, peculiar; su energía, inagotable. Mientras Luka pinta en silencio y busca refugio en sus dibujos, Dora habla como pocas niñas de su edad, con una claridad y una comprensión que desconcierta a los adultos.
Sus destinos convergen en el parvulario. Luka, observando desde las estanterías, no puede apartar los ojos de la niña nueva con el largo cabello negro ondulado que brilla como escamas de pez. En ese primer encuentro, bajo la mirada aturdida de un Luka que se desvanece, Dora lo besa en la boca con la certeza ingenua de quien acaba de reconocer su propio destino.
Años después, en los ardientes veranos junto al mar, ambos se han convertido en inseparables. A los nueve años, Luka alquila sombrillas en la playa, juega al waterpolo, pinta mientras ella nada. Cada mañana es la prolongación de la anterior. Se escabullen durante la siesta, conscientes de que cada momento sin el otro es una pérdida invaluable de tiempo. En el techo de la cabaña contemplan juntos las nubes que se desplazan lentamente. Esta es la historia de dos almas que se reconocen en la infancia y cuya conexión se entrelaza con el paso de los años, marcada por la geografía del tiempo y la geografía del corazón.
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