Graciela Zambrano tiene treinta años, escribe una columna cultural en Guayaquil y acaba de huir de la casa donde un hombre al que amaba la golpeó por primera vez.
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Graciela Zambrano tiene treinta años, escribe una columna cultural en Guayaquil y acaba de huir de la casa donde un hombre al que amaba la golpeó por primera vez. Se corta el pelo, toma un taxi sin mirar atrás y, unas horas después, un auto la arroja contra el parabrisas. Desde ese instante la novela se parte en dos voces: la de ella, atrapada en un coma que confunde con su departamento de siempre, donde la comida se pudre en una noche y el vello crece de golpe; y la de Pato, el conductor que la atropelló, un hombre hecho de burdeles y prisas que empieza a visitar a diario a esa desconocida dormida. Relato adulto, sexualmente explícito, sobre el deseo que se instala donde no debería.
La primera voz pertenece a Graciela: treinta años, columnista cultural, mochila de animé y uñas manchadas de óleo, una mujer que se describe a sí misma como una adolescente eterna con una puntería infalible para elegir mal. Huye de Fabio, el galán que llegó a rescatarla y terminó dejándola “seca, abierta, saqueada”, el hombre que se arrodilla a pedir perdón después de cada exceso y que una noche cruzó la línea que ya no admite regreso. La fuga dura poco: un barrio hostil, unos tipos que le señalan la mochila, una carrera y un golpe seco. Lo que viene después es el centro del libro.
Porque Graciela no muere, pero tampoco despierta. Regresa a un departamento que es el suyo y no lo es: limpia estanterías que vuelven a llenarse de polvo, encuentra fósiles en la refrigeradora, tazas blancas que nadie puso, un anuario que cambia de sitio, días sin noches, una chaqueta de cuero de hombre que no reconoce. Su cuerpo, mientras tanto, convulsiona en una cama de hospital. Ese desfase —entre la casa imaginada y la habitación estéril que se filtra por los bordes— es el hallazgo formal de la novela: el coma narrado desde adentro, con una lógica onírica que la protagonista atribuye a las drogas de una fiesta que quizá nunca ocurrió. También desde adentro llega el deseo: una sexualidad que sigue funcionando sin cuerpo disponible, orgasmos que ella describe como cósmicos o cerebrales, y unos ojos azules que reaparecen en cada clímax sin que sepa a quién pertenecen.
La segunda voz es la de Pato, expulsado de un prostíbulo por eyaculador precoz minutos antes de bajar la mirada al teléfono y sentir el impacto. Se queda en la sala de espera porque en su casa no lo espera nadie. Vuelve al día siguiente, y al otro, y descubre en la mochila de la desconocida un anuario con el escudo de su propio colegio: fueron compañeros y él nunca supo que ella existía. Su relato no se disculpa: cuenta la erección frente a un cuerpo inerte, las caricias al borde del contacto, la masturbación nocturna imaginando esos ojos abiertos. La novela deja al lector solo con eso, sin absolverlo.
Alrededor orbitan Celeste, consejera célibe de cuarenta y cinco años que sostiene la parte buena de Fabio y ya le advirtió a Gracie que no perdiera el tiempo, y Patrick Witt, el amor imposible de los dieciséis del que todos los amantes posteriores han sido reemplazo. El índice anuncia el resto del recorrido —el despertar, la playa, el burdel, un embarazo de padre incierto, una fiesta, un sexo astral— y una segunda y tercera parte de esa huida que da nombre al comienzo.
Contenido para lectores adultos: violencia de pareja, sexo explícito y situaciones de contacto sin consentimiento.
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