Escrito en inglés y publicado en 1900, «Bushido» nació de una pregunta incómoda: si en las escuelas japonesas no se impartía enseñanza religiosa, ¿de dónde salía la moral? Inazō Nitobe respondió señalando el código no escrito de los…
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Escrito en inglés y publicado en 1900, «Bushido» nació de una pregunta incómoda: si en las escuelas japonesas no se impartía enseñanza religiosa, ¿de dónde salía la moral? Inazō Nitobe respondió señalando el código no escrito de los samuráis. En pocas páginas explica el honor, la lealtad, la cortesía y el valor de la clase guerrera, y los traduce para el lector occidental con paralelismos tomados de la historia y la literatura europeas.
Obligado al reposo por una larga enfermedad, Inazō Nitobe puso por escrito las respuestas que llevaba años improvisando en conversaciones privadas. Dos interlocutores habían encendido la mecha: el jurista belga Émile de Laveleye, incrédulo ante un país capaz de educar sin instrucción religiosa, y su propia esposa, que preguntaba una y otra vez por qué ciertas ideas y costumbres seguían vigentes en Japón. Al rastrear el origen de sus nociones del bien y del mal, Nitobe descubrió que no las había aprendido en ninguna escuela: se las había infundido el bushido, el camino del guerrero.
El resultado es un libro breve que reconstruye el código no escrito de la clase guerrera —surgida de las guerras del siglo XII entre los clanes Taira y Minamoto y consolidada bajo los Tokugawa— como una ética viva y no como una reliquia. Rectitud, valor, benevolencia, cortesía, sinceridad, honor, lealtad y dominio de sí se ilustran con episodios japoneses y, deliberadamente, con paralelismos europeos, para que el lector extranjero reconozca el terreno que pisa. La espada, «el alma del samurái», y la confianza en una ley escrita en el corazón sostienen buena parte del argumento. Difundido desde la edición neoyorquina de Putnam, el texto explicó Japón al mundo cuando muy pocos podían hacerlo con autoridad, y su demanda no ha cesado pese a la occidentalización del país.
La introducción de Alexander Bennett que acompaña esta edición devuelve al autor a su época. Nitobe nació en 1862 en el feudo norteño de Morioka, en una familia de guerreros que ganó tierras al mar y canales al hambre; a los cinco años vistió la hakama y ciñó su primera espada corta, y poco después las reformas Meiji le retiraron ambas cosas. Lo que siguió fue una vida de travesías: el inglés y la Biblia, la escuela agrícola de Sapporo, el bautismo, el cuaquerismo de Filadelfia, el matrimonio con Mary Elkinton, Johns Hopkins y las universidades alemanas, la promesa de «convertirme en un puente sobre el Pacífico» y, más tarde, Taiwán, la dirección de la First Higher School y la subsecretaría general de la Sociedad de Naciones. Bennett no oculta las aristas: el papel de Nitobe en la administración colonial japonesa y su tensión entre pragmatismo nacional e idealismo internacional siguen discutiéndose. De ese cruce de siglos y océanos salió el libro que aún se lee para entender qué queda del guerrero en el Japón contemporáneo.
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