Novela policial de George Goodchild publicada en 1951 como «Cauldron Bubble» y traducida al español por Manuel Amechazurra para la colección Selecciones Biblioteca Oro de Editorial Molino.
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Novela policial de George Goodchild publicada en 1951 como «Cauldron Bubble» y traducida al español por Manuel Amechazurra para la colección Selecciones Biblioteca Oro de Editorial Molino. La trama arranca con la venta de una casa de campo en Sussex y con una servidumbre de paso que enfrenta al nuevo dueño con el vecindario, un roce aparentemente menor que termina abriendo paso a un plan de venganza sostenido en creencias mágicas. Entre la investigación del inspector Laurence Ogilvie y el noviazgo de la joven Jenifer con un granjero de la comarca, el relato combina intriga criminal, retrato de costumbres y un recurso poco frecuente en el género.
Una mañana de abril, la agencia de fincas Tewson y Tewson, de Apsley, recibe por fin la carta que esperaba desde hacía tres años: la propietaria de Coryton acepta vender la casa al precio que sea. Los dos hermanos que dirigen el negocio invierten unas cuantas libras en desbrozar el jardín, arreglar la calzada y devolver a la finca algo de su antiguo esplendor, conscientes de que arrastra un defecto difícil de disimular: una vereda pública cruza el terreno a pocos metros de las ventanas, y el intento del anterior dueño de cerrarla con candados terminó en pleito y en resentimiento vecinal.
El comprador llega en un Rolls Royce. Es sir Michael Trendish, diplomático retirado, cojo desde una lesión sufrida en su última misión africana, seco de palabra y acompañado siempre de un bastón de ébano con empuñadura de oro que su familia guarda como reliquia. Con él se instalan en Coryton su hermana Edith, solterona de rutinas firmes y juicios afilados, y su hija Jenifer, veinteañera criada entre internados y decidida a estrenar una independencia que nadie en la casa le reconoce del todo. La primera prueba de convivencia no tarda: los paseantes empiezan a reivindicar su derecho de paso, y mientras el padre fantasea con perros de presa y avispas, Jenifer prefiere despachar a los intrusos con cortesía y una ironía difícil de rebatir.
Para resolver el conflicto por vía legal, sir Michael convoca a su hermano Joseph, hombre de talento desperdiciado —médico frustrado, buscador de tesoros incas en el Perú, abogado borrado del colegio tras un escándalo— cuya llegada Edith recibe con franco desagrado. Alrededor de ese núcleo familiar se van dibujando otras presencias: el granjero Bill y su padre, honrados vecinos de la comarca; el enriquecido Cuno Jefferson y los cómplices que le sirven; una casa de huéspedes, un restaurante nocturno, un notario, un médico de cabecera. Y, cuando la trama criminal se declara, el inspector Laurence Ogilvie, sagaz y tenaz, se encuentra ante un caso que no cede a la lógica policial de costumbre.
Lo que distingue a esta novela dentro de la colección es el instrumento del crimen: una venganza urdida con procedimientos de brujería, anunciada de antemano y por eso mismo más inquietante, que obliga al investigador a moverse entre el expediente y la superstición. El contrapunto lo pone el idilio de Jenifer con el joven granjero, que aligera la tensión sin desviarla, y el retrato de una Inglaterra rural donde los derechos tradicionales, el dinero recién hecho y los apellidos venidos a menos comparten el mismo camino de servidumbre. El desenlace, reservado hasta el final, cierra la intriga por donde el lector menos lo espera.
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