Un cómico alemán de treinta y seis años, recién operado y golpeado por una sordera repentina, decide dejarlo todo durante un verano y recorrer a pie los ochocientos kilómetros del Camino Francés.
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Un cómico alemán de treinta y seis años, recién operado y golpeado por una sordera repentina, decide dejarlo todo durante un verano y recorrer a pie los ochocientos kilómetros del Camino Francés. De Saint-Jean-Pied-de-Port a Santiago de Compostela, su diario registra ampollas, niebla, albergues compartidos y encuentros improbables, y también una pregunta que no lo suelta: quién es realmente cuando se le quitan el oficio, el sofá y las certezas.
En junio de 2001, Hans Peter Kerkeling anuncia a sus amigos poco más que una frase —«Bueno, ¡me largo!»— y se planta al pie de los Pirineos franceses con una mochila roja de once kilos, un bastón demasiado largo y un cuaderno casi vacío. Detrás de la decisión hay un cuerpo que dio un aviso: meses de trabajo sin pausa, una sordera súbita, una vesícula extirpada y una noche de urgencias. Delante, el Camino Francés: Pirineos, Navarra, La Rioja, Castilla y León y Galicia, hasta la catedral donde la leyenda sitúa el sepulcro del Apóstol.
El libro es el diario de esa travesía, fechado etapa a etapa, desde Roncesvalles hasta Santiago de Compostela. La primera jornada marca el tono: lluvia torrencial, niebla cerrada que borra el paisaje prometido por las guías, un impermeable que no impermeabiliza, una fuente histórica sin agua y dos rescates tan absurdos como providenciales, el de un campesino con carneros mareados en la caja y el de unos bomberos con resaca. A partir de ahí, el relato alterna el dolor de rodillas y las noches en dormitorios colectivos con la alegría de vivir de León, el olor a canela de Astorga o las cuestas de O Cebreiro.
Kerkeling escribe desde el humor —dirigido antes que nada contra sí mismo— y sin edulcorar lo que encuentra: tramos de camino sin camino junto al arcén de una autopista, polígonos a la salida de las ciudades, perros abandonados, cansancio y desánimo. También una hospitalidad inesperada, una comunidad que se rehace cada tarde y conversaciones que se quedan.
Bajo la crónica corre una pregunta que el viaje le devuelve una y otra vez, desde una valla publicitaria en Burdeos hasta la lección de su primer día: ¿quién soy yo? Educado en la fe cristiana y atraído por todas las cosmovisiones, el autor opta por dar a Dios por existente y dedicarse a averiguar quién es el que busca. Lo que aprende por el camino —que la debilidad puede ser también fortaleza, que llegar se parece un poco a morir, que el sufrimiento suele ser una incomprensión— aparece sin sermón, entre una etapa y la siguiente.
Un testimonio de peregrinación risueño y sin tapujos, que funciona a la vez como cuaderno de viaje por el norte de España y como relato de una búsqueda interior.