Madrid, 10 de febrero de 1942. El día que cumple diez años, Fabio de Negri ingresa interno en el Colegio de Huérfanos de la Armada, el CHA, con un chaquetón heredado de un marinero y una caja de lápices como único equipaje.
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Madrid, 10 de febrero de 1942. El día que cumple diez años, Fabio de Negri ingresa interno en el Colegio de Huérfanos de la Armada, el CHA, con un chaquetón heredado de un marinero y una caja de lápices como único equipaje. Hijo de un capitán de fragata asesinado en 1936, avanza entre el pinar de Chamartín y la memoria de una guerra que le arrebató al padre. Un relato de infancia, orfandad y pertenencia a una estirpe de marinos.
Cae la tarde del 10 de febrero de 1942 y un niño tirita en Madrid sin abrigo propio. Es su décimo cumpleaños y también el día en que deja de dormir bajo el mismo techo que su madre: Fabio de Negri ingresa interno en el Colegio de Huérfanos de la Armada, el CHA, donde estudian los hijos de los jefes y oficiales caídos durante la guerra civil.
El trayecto —un tranvía que sube por la Castellana, un transbordo en Nuevos Ministerios, un vaso de leche caliente en un bar cercano y la cuesta oscura de un pinar— ocupa apenas una hora de reloj, pero el relato la ensancha hasta contener una vida entera. Mientras su hermano Ricardo, casi un desconocido de dieciocho años, hace de guía silencioso, la memoria del niño vuelve a la noche de octubre de 1936 en que unos milicianos llamaron a la puerta del Grao de Castellón preguntando por su padre, capitán de fragata; a la negativa del oficial a escapar en una falúa para no exponer a las familias; y a la búsqueda de su hermana Lucrecia por los cementerios cercanos hasta identificar el cuerpo por la etiqueta de un sastre.
Alrededor de ese núcleo asoman los años intermedios: los refugios bajo las sirenas, el viaje en vagón de ganado con las luces apagadas, la casa de San Fernando, la pandilla de la Alameda, el primer enamoramiento, el hermano mayor que regresa enfermo del buque escuela. Y asoma también el orgullo que sostiene al niño: un apellido genovés arraigado en Cartagena y seis generaciones de marinos que convierten la Escuela Naval en un destino antes que en un deseo.
La llegada al edificio —el «acorazado de piedra» que la niebla y las farolas agrandan— abre la segunda mitad: el vestíbulo iluminado, las mirillas de las puertas, la enfermería, el estudio inmenso con sus hileras de pupitres, los dormitorios repartidos por edades y los brigadieres que le mostrarán su litera. Allí Fabio deja de ser un nombre para convertirse en el alumno número 76.
Escrita desde la mirada del niño y templada por la distancia del recuerdo, la obra combina crónica familiar, retrato de época e historia de internado, bajo una dedicatoria que fija el tono: la de quien perdió a los suyos en una guerra fratricida y eligió mirar atrás sin ira.