Un arquitecto sin trabajo ni dinero deja Barcelona en un autobús de las nueve y doce y vuelve al piso madrileño de su padre, en el barrio de la Concepción, veinte años después de marcharse.
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Un arquitecto sin trabajo ni dinero deja Barcelona en un autobús de las nueve y doce y vuelve al piso madrileño de su padre, en el barrio de la Concepción, veinte años después de marcharse. Su relato, dirigido siempre a sus dos hijos, se cruza con el de una joven vasca que dos décadas antes llegó a esas mismas calles con una pistola bajo la ropa y el encargo de vigilar un portal. Entre ambas voces se abre paso una bomba que lo reventó todo.
Mateo Barros se despide de Barcelona a las nueve y doce de la mañana, y esa hora exacta —la misma en que, veinte años atrás, todo reventó— gobierna el resto de su historia. Arquitecto del montón, escritor frustrado, divorciado y sin dinero para un alquiler más, vuelve a Madrid en autobús porque lo que le sobra es tiempo y silencio. Todo lo que cuenta lo cuenta hablando a Marc y a Pau, sus hijos, en un tú permanente que funciona como carta, como confesión y como inventario de lo perdido: los domingos de balonmano, el Tibidabo, el quinto sin ascensor de la Barceloneta, la certeza de que cada día ellos lo necesitan menos y él a ellos más.
El regreso lo devuelve a la casa del abuelo Juan, donde el parqué brilla por encargo, las fotos siguen atrapadas en marcos de plata y hay un cachorro de labrador y unas clases de saxofón que no encajan con el padre que él recordaba. Padre e hijo se hablan de fútbol y de cortes de ternera porque nombrar lo demás cuesta demasiado: la quiebra del estudio, la novela que lleva tiempo mordiéndole, un cartel de SE VENDE pegado en la ventanilla de un Renault 21 impecable. En ese Madrid de barrio —la plaza de Platón, los toldos rojos descoloridos de lo que fue La Valencita, una farola donde alguna vez hubo flores atadas— la memoria del hijo y la del padre se rozan sin llegar a decirse.
En paralelo, y dos décadas antes, otra voz recorre las mismas aceras. Malen, criada en Barakaldo entre canciones de Kortatu y noches en el bar de Jokin, busca la calle Virgen de la Monjía con las llaves de un piso franco en el bolsillo y una Parabellum que le hace mella en el costado. Eneko la despidió en el puerto de Santurtzi con una promesa tranquilizadora que ella repite como un conjuro. Su misión parece sencilla: sentarse en una cafetería, pedir café con churros, leer el periódico y recordar con precisión los horarios de un juez, su chófer, su escolta. Pero la vigilancia tiene dos direcciones, y el camarero de mandíbula marcada que la observa desde detrás de la barra terminará pesando tanto como el encargo.
Con un pie en la España del euro recién estrenado y otro en el presente de un hombre que vuelve a la casilla de salida, la novela alterna dos relatos que el lector intuye destinados a colisionar. Es una historia sobre la paternidad y la dependencia mutua entendidas como vasos comunicantes, sobre los barrios que cambian de nombre y de marcos de ventana pero no de heridas, y sobre esas decisiones —angustiosas o banales— que acaban definiendo a quien las toma. Un relato de ficción construido sobre el decorado reconocible de nuestro pasado reciente, donde el terror no aparece como titular, sino como una hora concreta marcada para siempre en un billete de autobús.