Alex Marché lleva casi dos décadas fotografiando a las estrellas de Hollywood y ha aprendido a distinguir la belleza del carácter. Por eso tiene una regla firme: nunca salir con un actor.
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Alex Marché lleva casi dos décadas fotografiando a las estrellas de Hollywood y ha aprendido a distinguir la belleza del carácter. Por eso tiene una regla firme: nunca salir con un actor. Cuando el modelo convertido en el nuevo rostro de moda, Marco Flores, la elige personalmente para su portada en una revista —un encargo que incluye viajar a las Islas Galápagos, su tierra natal—, esa regla empieza a resultar incómoda de sostener. Él es encantador, atento y parece genuino; ella tiene treinta y siete años, un miedo profundo a volar y demasiada experiencia como para creer en cuentos. Una novela romántica contemporánea sobre la distancia entre la imagen y la persona, y sobre lo que cuesta romper una norma que uno mismo se impuso.
Alex Marché conoce Hollywood desde el único ángulo que no miente: el visor de su cámara. Fotógrafa de entretenimiento con casi dos décadas de oficio, ha retratado a divas impuntuales, a galanes insufribles y a un sinfín de rostros que el público adora sin sospechar cómo son cuando se apagan las luces. Su trabajo consiste en hacer que todos luzcan mejor de lo que son, y lo hace impecablemente. A los treinta y siete años vive bien, es dueña de su casa, comparte espacio con dos perros y una tropa cambiante de gatos callejeros, y sostiene una regla que nunca ha necesitado justificar ante nadie: jamás salir con un actor.
La regla se pone a prueba durante una sesión nocturna interminable, en la que espera horas a una protagonista que llega pasada la medianoche y trata a todo el equipo con desdén. El otro convocado es Marco Flores, un joven ecuatoriano que un director descubrió trabajando como guía turístico en las Galápagos y que llegó a Estados Unidos sin idioma ni formación actoral, pero con un magnetismo que primero lo convirtió en modelo y después en la nueva promesa de la industria. Alex espera a otro arrogante más. Encuentra a alguien que se presenta solo, sin séquito, que le sostiene la mano al saludarla y le pregunta por su nombre con una curiosidad que no parece ensayada. La sesión avanza entre exigencias, egos y una complicidad silenciosa que hace que ella se ruborice por primera vez en años.
Días después llega la propuesta que lo cambia todo: una revista importante prepara un reportaje de portada sobre el ascenso de Marco, y él ha puesto una sola condición para participar: que la fotógrafa sea Alex. El encargo incluye una segunda parte rodada en su lugar de origen, en las Galápagos, lo que implica un vuelo en avioneta, exactamente el tipo de viaje en el que Alex perdió a sus padres cuando tenía dieciséis años. Aceptar significa enfrentarse a un miedo antiguo; rechazar, cerrar una puerta profesional que quizá no vuelva a abrirse.
A partir de ahí, la relación entre ambos crece con la misma velocidad que las complicaciones. Cada gesto de Marco desmiente el prejuicio de Alex; cada exposición pública le recuerda por qué su regla existía. La novela avanza por el terreno movedizo que separa el encanto profesional del afecto verdadero, con un retrato mordaz de la maquinaria de la fama —los publicistas, los monitores que alimentan inseguridades, la aritmética cruel del físico— y un elenco secundario cálido, encabezado por Jesús, el asistente al que Alex formó desde adolescente y que la protege con lealtad feroz. Una historia sobre confiar en alguien cuya profesión consiste en fingir, y sobre descubrir qué reglas conviene romper y cuáles se escribieron por una razón.