Los mayas construyeron una de las grandes civilizaciones de la Antigüedad en el corazón de la selva tropical, sin metales, sin bestias de carga y sin la rueda.
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Los mayas construyeron una de las grandes civilizaciones de la Antigüedad en el corazón de la selva tropical, sin metales, sin bestias de carga y sin la rueda. Carlos Pallán reúne aquí dos siglos de arqueología y, sobre todo, el desciframiento de la escritura jeroglífica para contar esa historia con nombres propios: reyes, dinastías, guerras y mitos que hoy pueden leerse en piedra. Una síntesis rigurosa y accesible, desde los primeros pobladores hasta los casi seis millones de mayas actuales.
Durante siglos, las ciudades abandonadas de Chiapas, Yucatán, Guatemala y Honduras se explicaron con fábulas: tribus perdidas de Israel, fenicios, egipcios, la Atlántida. Cualquier cosa antes que admitir que las habían levantado los antepasados de los pueblos indígenas que aún vivían junto a sus ruinas. Este libro parte justamente de ese malentendido para desmontarlo con lo que hoy sabemos.
La clave es el desciframiento de la escritura maya, una aventura intelectual que no tuvo un Champollion único sino una larga cadena de aportaciones a lo largo de casi dos siglos. Gracias a un corpus que supera los diez mil textos —estelas, dinteles, escalinatas, murales, vasijas, jade, hueso y los poquísimos códices que sobrevivieron en Madrid, París y Dresde—, la historia maya dejó de ser anónima. El recorrido va de los primeros asentamientos del Preclásico y las ciudades monumentales de El Mirador y Nakbé al Clásico temprano, con la irrupción de forasteros llegados de Teotihuacán que impusieron un orden nuevo en las tierras bajas; sigue con el largo pulso entre Tikal y la dinastía de la serpiente Kaanu’ul, y con las cortes de Palenque, Yaxchilán, Copán y Piedras Negras, donde la guerra convivía con las alianzas matrimoniales, los regalos suntuarios y el juego de pelota.
El relato también reconstruye la cosmovisión: la ceiba que atraviesa los niveles del cosmos, los rumbos y sus colores, el ciclo de vida y renacimiento, la fecha de la Creación y el diluvio que la precedió. Y aborda el Colapso no como una catástrofe súbita, sino como un proceso largo y desigual, seguido por un Posclásico de redes comerciales y cultos renovados en Chichén Itzá, Uxmal, Ek’ Balam y Mayapán, bajo el signo de K’uk’ulkáan.
Cierra con la paradoja mayor: los mayas nunca desaparecieron. Más de veintiocho grupos étnicos siguen hablando sus lenguas y midiendo el tiempo con el calendario antiguo, en cinco países, negándose a ser pasado.
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