Un recorrido divulgativo por la literatura española que arranca en las anotaciones marginales de un códice riojano y avanza hasta los autores más recientes, escrito con la convicción de que citar un título solo sirve si empuja a leerlo.
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Un recorrido divulgativo por la literatura española que arranca en las anotaciones marginales de un códice riojano y avanza hasta los autores más recientes, escrito con la convicción de que citar un título solo sirve si empuja a leerlo.
Esta breve historia de la literatura española se plantea menos como un manual que como una invitación a leer sin la coacción del calendario. El punto de partida es un hallazgo casi arqueológico: las glosas emilianenses que Manuel Gómez-Moreno advirtió en 1911 en los márgenes de un códice latino del monasterio de San Millán de la Cogolla, y que Ramón Menéndez Pidal presentaría en 1926 como primera manifestación escrita del castellano. A partir de ese principio simbólico, el libro recorre los cimientos de una tradición: las jarchas mozárabes que Samuel Miklos Stern dio a conocer en 1948 y el viejo debate sobre si nacieron antes que la moaxaja o al calor de ella; el Auto de los Reyes Magos, los 147 versos toledanos del siglo XII que conforman nuestra primera pieza teatral conservada; el Cantar de Mio Cid, copiado por Per Abbat y salvado casi íntegro, con su destierro, sus bodas y la afrenta de Corpes; y el Romancero Viejo, esa literatura sostenida solo por la memoria del juglar y de su público.
El segundo tramo entra en la Edad Media propiamente dicha y en el mester de clerecía: la cuaderna vía y el ‘román paladino’, los milagros marianos que Gonzalo de Berceo refundió con dignidad literaria propia, y el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita, autobiografía amorosa ficticia donde lo sagrado y lo profano conviven entre serranas, don Melón de la Huerta, doña Endrina y la Trotaconventos que anticipa a Celestina. Junto a ellos aparecen el taller cultural de Alfonso X el Sabio —las Siete Partidas, la General Estoria, la Estoria de España, las Cantigas de Santa María en galaico-portugués— y don Juan Manuel, sobrino del rey, con los apólogos del conde Lucanor y Patronio.
El tono es el de un lector entusiasta que no oculta sus filias: hay espacio para las danzas de la muerte, para los cantares de gesta perdidos que catalogó Alan Deyermond, para la literatura de cordel de los buhoneros ciegos y para la voluntad declarada de rescatar nombres y títulos que rara vez asoman en los breviarios al uso. Anécdotas de hallazgos, disputas de filólogos, versos citados en su lengua original y traducidos, y una insistencia constante: estas páginas son pistas, no sustituto. El tesoro sigue estando en los libros que esperan, ignorados, en la propia biblioteca.
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