Ensayo sobre la guerra de Bosnia escrito veinte años después de su final, a medio camino entre la crónica histórica y el testimonio personal. El autor recorre los antecedentes que van de la Roma dividida al Imperio otomano, de la creación…
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Ensayo sobre la guerra de Bosnia escrito veinte años después de su final, a medio camino entre la crónica histórica y el testimonio personal. El autor recorre los antecedentes que van de la Roma dividida al Imperio otomano, de la creación de Yugoslavia a los años de Tito, para explicar cómo un proyecto político uniformizador desembocó en el horror. Y se pregunta, desde su propia militancia pacifista puesta en crisis, qué enseñanza queda de aquel desastre.
Hay libros que nacen de una incomodidad, y este declara la suya desde la primera página. Su autor, educado por jesuitas contestatarios en la convicción de que ante la injusticia no cabe la indiferencia, se encontró a comienzos de los noventa ante un conflicto que le obligó a revisar todo lo que creía saber sobre la no violencia. Quienes habían defendido el desarme unilateral, la objeción de conciencia y la resolución pacífica de los conflictos se vieron reclamando una intervención armada en Bosnia y celebrando que los bosnios burlaran el embargo de armas. El libro no oculta esa contradicción: la convierte en su punto de partida.
El recorrido histórico ocupa buena parte de la obra y es deliberadamente amplio. Arranca en la división del Imperio romano del año 395, cuya frontera pasaba por el curso del Drina, sigue con la llegada de los eslavos, la competencia evangelizadora entre Roma y Constantinopla y la singular vía bosnia del bogomilismo, aquella creencia dualista que preparó el terreno para la posterior islamización. Después llegan el avance otomano, el Campo de los Mirlos, las Krajinas fronterizas, el lento desmembramiento turco, las guerras balcánicas, Sarajevo en 1914 y el nacimiento de una Yugoslavia centralizada que nunca resolvió la cuestión nacional. La Segunda Guerra Mundial, el reparto del país, chetniks y partisanos, y los treinta y cinco años de equilibrismo político de Josip Broz completan el cuadro.
Bajo esa cronología late una analogía que el autor confiesa insoportable: la de los moriscos españoles. Un territorio islamizado, una población convertida en sospechosa, un proyecto de unidad que confunde etnia, religión y territorio y, al final, la eliminación física como respuesta a un problema imaginario. La Biblioteca de Sarajevo en llamas le devuelve la imagen de los libros árabes quemados en Bibarrambla en 1499.
El resultado no es un relato exhaustivo de los tres años de guerra —el autor renuncia a ello por reiterativo— sino una indagación sobre los proyectos políticos en juego, el papel de las organizaciones no gubernamentales y el porvenir de las ideas pacifistas. Todo ello con el trasfondo de una implicación concreta: la acogida de ciento cuarenta refugiados bosnios en el País Vasco, con la esperanza equivocada de que en primavera pudieran volver a casa.
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