Un manual satírico que finge enseñar, asignatura por asignatura, cómo llegar a ser un corrupto de éxito. Con la España de 2014 como telón de fondo —tertulias interminables, sumarios abiertos, nombres propios convertidos en sustantivos…
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Un manual satírico que finge enseñar, asignatura por asignatura, cómo llegar a ser un corrupto de éxito. Con la España de 2014 como telón de fondo —tertulias interminables, sumarios abiertos, nombres propios convertidos en sustantivos comunes—, R. M. González adopta la voz de un instructor complaciente que promete al lector fortuna oculta, paraísos fiscales e impunidad garantizada. Bajo la parodia del libro de autoayuda late una radiografía mordaz del lenguaje político, del nepotismo y de una justicia que llega tarde.
«Breve guía para ser un corrupto de éxito» parte de una premisa tan simple como incómoda: todos sabemos cómo funciona la corrupción, pero nadie explica cómo se llega a practicarla con provecho. Sobre esa broma inicial, R. M. González levanta un falso manual de instrucción, organizado como un plan de estudios escolar, donde cada capítulo es una asignatura y cada asignatura una vuelta de tuerca a la ironía.
El prólogo sitúa al lector frente al televisor de 2014, entre debates encendidos y concursos de cocina, para constatar que el escándalo se ha vuelto monotema nacional. Desde ahí, el curso avanza. «Historia» traza una genealogía burlona del soborno que va de los guardianes de tumbas egipcias a Fidias, de Cicerón a Judas —cuyo error, se nos advierte, no fue traicionar sino dejarse recordar— y desemboca en una enumeración de causas contemporáneas recitadas como si fueran un santoral. «Geografía» cartografía la impunidad: qué jurisdicciones conviene frecuentar, cuáles evitar, y por qué el archipiélago de los paraísos fiscales importa más que cualquier frontera. «Matemáticas» propone una aritmética creativa en la que un millón equivale a un millón y medio, y plantea problemas sin solución única, porque el dogma es enemigo del beneficio. «Lengua y Literatura» es quizá el corazón del libro: un tratado sobre el eufemismo, la respuesta que se alarga hasta no responder nada y la reiteración como táctica de desgaste, con ejercicios prácticos que trasladan la retórica del atril a la discusión doméstica. «Arte» reduce la historia de la pintura a un instrumento de blanqueo, y «Sociología» abandona el tono didáctico para dramatizar, en una escena de sala de reuniones, cómo se fabrica un puesto público a medida de un sobrino. «Religión» cierra el temario con una plegaria reescrita donde la absolución se llama prescripción.
El artificio del manual permite lo que el ensayo directo no siempre consigue: que el lector escuche el discurso del poder desde dentro, sin la coartada del comentarista. La prosa alterna la enumeración exuberante, la digresión sarcástica y una crudeza deliberada —el libro no suaviza el machismo, el clasismo ni el desprecio de sus supuestos maestros, y ahí reside buena parte de su filo—. El epílogo remata la lección con una figura de corrupto convertido en superhombre, capaz de insultar a un país entero desde el atril y ser reelegido después.
Breve por vocación y afilado por método, es un libro que se lee de una sentada y deja un regusto largo: la sospecha de que el manual no hacía falta escribirlo porque alguien, en algún despacho, ya se lo sabía de memoria.
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