Dieciocho poemas breves escritos entre los veinte y los veinticinco años de su autor, y publicados mucho después con una honestidad desarmante: quien firma el prólogo admite que ya no es el muchacho que los compuso, pero se niega a…
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Dieciocho poemas breves escritos entre los veinte y los veinticinco años de su autor, y publicados mucho después con una honestidad desarmante: quien firma el prólogo admite que ya no es el muchacho que los compuso, pero se niega a desconocerlo. Lo que sigue es un cancionero nocturno del deseo y la pérdida, escrito en un castellano rioplatense de voseo y respiración larga, donde el mar, el vuelo y la materia por moldear son las tres imágenes que vuelven una y otra vez. Hay cortejo y hay despecho, hay cuerpos que se buscan en la madrugada y hay el silencio de una mujer que decidió no amar. Un primer libro que no disimula sus deudas ni sus filos.
Un libro de juventud publicado con retraso deliberado, y esa distancia temporal es parte de lo que se lee. En un prólogo sin coartadas, el autor explica que estos dieciocho poemas pertenecen a un muchacho de veinte y pico que escribía de noche, casi siempre cosas tristes, y que quería parecerse a Borges. Al reunirlos años más tarde no los corrige hacia la respetabilidad: pide indulgencia para aquel que los escribió, no para el hombre que los firma ahora. Esa doble voz —la del joven que arde y la del adulto que lo mira arder— atraviesa el volumen entero.
El movimiento central del conjunto es el del asedio amoroso y su fracaso. En las primeras piezas, el yo se vuelve marea: un amor que llega desde el mar y le pide a la mujer que no levante arrecifes ni cordilleras, que se deje naufragar. Enseguida, la posición se invierte y el que habla se ofrece como materia bruta —roca amorfa, tela virgen, metal dócil, suelo fértil— esperando el cincel, el color, la palabra ajena que le diga «sé». Amar, en estos poemas, es casi siempre pedirle a otro que nos termine de hacer.
El otro gran eje es el de la altura y la caída. Una mujer dorada vuela por encima del que la quiere; él se construye puente, se iza como bandera, crece ladrillo por ladrillo para alcanzarla, y cuando por fin tiene alas, ella ya no está: la obra que lo elevó era, en realidad, obra de ella. Ese hallazgo —el amor perdido como escuela— reaparece en varios textos y da al libro su nota más melancólica y también su más honesta gratitud.
Hay además una zona de resistencia: la mujer que se niega. Un poema busca a la otra que duerme escondida en el fondo de unos ojos, luchando por salir a la luz, hasta que la dueña de esos ojos la vence otra vez, convencida de que querer debilita. Otro enumera, verso a verso, todo lo que ella no hace: no mira, no roza, no ofrece la boca, no derriba el muro de su ropa. El desamor se escribe aquí por sustracción, listando ausencias.
El deseo aparece sin eufemismos y en registros distintos. Un texto describe una danza de madrugada donde las reglas se diluyen y los cuerpos dejan de ser él o ella; otro presenta a un cazador urbano entre la gente, que declara no buscar amor sino contacto; otro más lleva la escena erótica al terreno del atado, la observación y la espera. Junto a ellos conviven una milonga breve por la avenida Santa Fe, un ave a la que se le abre la jaula con la promesa de esperarla, un árbol mutilado como emblema del olvido, y una definición de la poesía hecha de adjetivos en pares contrarios.
El repertorio formal es variado: coplas rimadas de aire tanguero, versículos de aliento libre, letanías anafóricas, un poema construido casi enteramente sobre paréntesis y comas que imitan el pensamiento que da vueltas de noche. Predomina un puñado de imágenes recurrentes —mar y naufragio, alas y cielo, fuego que quema hasta el pabilo, materia esperando forma— y un tono que no teme al énfasis ni a la herida abierta. Es un libro primerizo y lo sabe: su valor está en no haber sido pulido hasta borrar de dónde venía.
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