Una mujer en plena crisis matrimonial se retira con su esposo a La Cumbrecita, un pueblo peatonal aislado en la precordillera, buscando reencontrarse consigo misma.
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Una mujer en plena crisis matrimonial se retira con su esposo a La Cumbrecita, un pueblo peatonal aislado en la precordillera, buscando reencontrarse consigo misma. En medio del silencio y la distancia, descubre que la soledad no es escape sino espejo de sus conflictos internos. La novela comienza con un inquietante episodio donde un niño comete un acto de violencia inexplicable, presagio de los abismos psicológicos que habitarán la narrativa.
Una mujer cuyo matrimonio ha sido destrozado por los años y las experiencias adversas viaja a La Cumbrecita, un peculiar pueblo peatonal enclavado en las montañas de la precordillera argentina. Su marido Alejandro tiene la certeza de que este aislamiento voluntario salvará su relación; ella, en cambio, alberga dudas profundas sobre si el amor puede resucitar o si la distancia le permitirá finalmente conocerse a sí misma. La novela abre con una escena perturbadora: la directora de una escuela convoca a la madre de Darío, un niño aparentemente tímido e inocente, para relatar cómo lo vio estrangular deliberadamente a una ardilla que sus compañeros alimentaban. El acto, ejecutado sin remordimiento ni emoción, revela un vacío psicológico que aterroriza. Luego, la protagonista se sumerge en su propio viaje introspectivo. Durante el trayecto hacia el pueblo, sus pensamientos la traicionan: reflexiona sobre la imposibilidad de escapar de sí misma, sobre la brecha insalvable entre ella y su marido. Su monólogo interior es un constante diálogo entre el angelito y el diablito—voces contradictorias que la paralizan entre la esperanza y la desesperación. En La Cumbrecita, la casa llamada Libertad se convierte en su refugio. Alejandro la ha preparado meticulosamente, anticipándose a sus necesidades, controlando cada detalle. Ella explora espacios luminosos y enormes ventanales sin cortinas que la exponen al paisaje. Pero incluso en la belleza del aislamiento, la soledad la consume. Su marido duerme mientras ella permanece despierta, reflexionando sobre décadas de matrimonio que la han despojado de identidad. Las interacciones entre ambos revelan la verdadera brecha: él es simple, directo, seguro de sí mismo; ella está fragmentada, llena de preguntas, incapaz de silenciar las voces que la atormentan. Conforme avanza la estancia, su marido comienza a modificar la cocina sin pedirle permiso, imponiendo su visión de lo que ella necesita. Este gesto encapsula la dinámica matrimonial: él decide, controla, mejora mientras ella se resigna.
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