Un ensayo interdisciplinar que responde a una pregunta tan vieja como la humanidad: por qué buscamos alterar nuestra conciencia. Lejos de ser un error evolutivo, la intoxicación habría sido una herramienta clave para la creatividad, la…
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Un ensayo interdisciplinar que responde a una pregunta tan vieja como la humanidad: por qué buscamos alterar nuestra conciencia. Lejos de ser un error evolutivo, la intoxicación habría sido una herramienta clave para la creatividad, la confianza y la cooperación que hicieron posible la civilización.
Se han escrito bibliotecas enteras sobre la historia del vino, la cerveza o las sustancias psicoactivas, pero rara vez se aborda de frente la pregunta más elemental: ¿por qué los seres humanos, en todas las épocas y latitudes, han dedicado ingenio, recursos y esfuerzo descomunales a nublarse la mente? Esta obra parte precisamente de ahí y desmonta la explicación más extendida, la que trata el gusto por el alcohol como un accidente de la evolución: una “resaca” de impulsos que dejaron de ser útiles, o un “pirateo” de los circuitos cerebrales del placer.
El argumento es contundente. La evolución no es lenta ni distraída, y el precio que pagamos por embriagarnos —hígados arruinados, accidentes, adicciones, familias rotas— es demasiado alto para que hubiera pasado inadvertido durante milenios. Si el impulso persiste, sostiene el autor, es porque algo compensa. La respuesta llega tejiendo arqueología, historia, neurociencia cognitiva, psicofarmacología, psicología social, genética, literatura y poesía: la intoxicación química resuelve problemas específicamente humanos. Rebaja la vigilancia de la corteza prefrontal —ese centro de control tardío y exigente que nos vuelve tan eficaces como rígidos y desconfiados—, y al hacerlo desbloquea la creatividad, alivia el estrés, genera confianza y logra el pequeño milagro de que unos primates ferozmente tribales cooperen con desconocidos.
El recorrido es tan erudito como ameno. Hay vasijas neolíticas del valle del río Amarillo con restos de un vino de arroz, uva silvestre y miel; bodegas excavadas en cuevas armenias; cervezas escocesas aderezadas con alucinógenos suaves; savia fermentada en Tasmania y leche de yegua en las estepas. Hay kava mascada y compartida en el Pacífico, peyote en cuevas mexicanas, cannabis en tumbas de Asia Central y guerreros escitas relajándose en carpas cargadas de humo. Hay una Venus paleolítica llevándose un cuerno a la boca, un Enkidu civilizado a base de pan y cerveza en la epopeya de Gilgamesh, y un dios védico que, tras beber soma, se cree capaz de mover la tierra de sitio. El caso del alcohol recibe atención especial, y con razón: molécula simple, fácil de producir y almacenar, dosificable con precisión, de efectos complejos pero previsibles, moldeable por las normas sociales y excelente compañera de mesa. Si alguien encargara diseñar una sustancia para maximizar la creatividad individual y la cooperación colectiva, el resultado se parecería mucho a ella.
Nada de esto es una apología ingenua. El libro dedica su parte más incómoda al lado oscuro: la intoxicación sigue arruinando vidas y comunidades, y dos innovaciones recientes —la destilación y el aislamiento social— han alterado el delicado equilibrio entre el orden y el caos, creando riesgos que apenas empezamos a comprender. De ahí que las conclusiones no sean consignas sino preguntas mejor formuladas: qué papel debería tener el alcohol en el trabajo o en la universidad, por qué unas personas beben sin consecuencias y otras se enrojecen con un sorbo, qué dosis favorece realmente la inspiración, por qué las prohibiciones son escasas y casi siempre burladas.
Escrito con una ironía que nunca estorba al rigor, este es un libro sobre por qué bebemos, pero también sobre cómo llegamos a vivir juntos. La historia nos dice cuándo y con qué nos hemos embriagado; hacen falta la ciencia y una mirada evolutiva amplia para entender por qué, y para decidir con criterio qué lugar merece hoy esa antigua costumbre.