Un músico criado en Freehold, Nueva Jersey, vuelve sobre los años anteriores a sus canciones. Entre la casa ruinosa de los abuelos, la sombra del campanario de Santa Rosa de Lima y el estruendo alegre de la rama italiana de la familia,…
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Un músico criado en Freehold, Nueva Jersey, vuelve sobre los años anteriores a sus canciones. Entre la casa ruinosa de los abuelos, la sombra del campanario de Santa Rosa de Lima y el estruendo alegre de la rama italiana de la familia, estas páginas reconstruyen una infancia hecha de privilegio extraño y desamparo temprano. Una memoria escrita con oído de compositor, menos interesada en el «cómo» de un oficio que en el «por qué» de una vocación.
El libro se abre con una declaración de oficio: quien narra se presenta como uno de esos artistas que «mienten» al servicio de la verdad, un guitarrista de veinte años tocando en las calles de Asbury Park con poco más que juventud, años de bandas de tugurio y una historia que contar. Desde ahí retrocede para buscar el origen de esa historia.
El escenario es Freehold, Nueva Jersey: una esquina donde cinco casas familiares se ordenan en forma de L alrededor de una iglesia de ladrillo rojo, con los irlandeses de un lado de la calle y los italianos del otro, sin que unos y otros la crucen casi nunca. El narrador crece allí como un niño rey, entronizado por una abuela que perdió una hija pequeña y decide, con devoción obsesiva, protegerlo del mundo entero. Ese amor sin límites —desordenado, hipnótico, ruinoso— lo libera de toda regla y a la vez lo vuelve inadaptado en cuanto pisa la escuela: un chico que no sabe nada del «modo en que son las cosas» y que viene de las tierras exóticas de las cosas como a él le gustan.
Alrededor se acumulan los materiales de una educación sentimental: el cobertizo donde el abuelo resucita radios rescatadas de la basura y las revende en los campamentos de temporeros; la estufa de queroseno y el aliento visible en el invierno del piso de arriba; el padre que vuelve de la guerra y de la cadena de montaje con una furia que estalla de noche; las monjas de los años cincuenta y su pedagogía de bofetadas, armarios y humillación, que lo expulsan de la práctica religiosa sin conseguir sacarle el catolicismo de los huesos.
El último tramo cambia de temperatura. Llegan las hermanas Zerilli, tres mujeres italianas indomables que sobrevivieron a maridos, guerras y pobreza a fuerza de reír, y el abuelo Anthony —abogado, presidiario, patriarca en una butaca que parece un trono—, figura teatral y desmesurada que le enseña sin proponérselo cómo se ve alguien dispuesto a apostar por lo que quiere y a pagar el precio.
De ese cruce entre santuario y ruina sale la tesis del libro: una búsqueda de por vida de un lugar propio, perseguida después a través de la música, como intento de reconstruir con memoria y añoranza el refugio que le demolieron para levantar el aparcamiento de la parroquia.