Mia Galliano despierta en la cama de un desconocido el día en que empiezan sus prácticas en Boomerang, la productora que podría lanzar su carrera como cineasta.
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Mia Galliano despierta en la cama de un desconocido el día en que empiezan sus prácticas en Boomerang, la productora que podría lanzar su carrera como cineasta. No recuerda su nombre, no encuentra su ropa interior y le quedan cincuenta y ocho minutos. Ethan Vance, exjugador de fútbol reconvertido en becario de marketing, tampoco recuerda gran cosa. Comparten taxi, se despiden con torpeza y descubren que van al mismo edificio, a la misma planta y a la misma empresa.
Los Ángeles, una mañana de resaca y un despertador que marca las 8:02. Mia Galliano abre los ojos en un dormitorio ajeno, con el sol dándole en el muslo y la certeza incómoda de que su ropa está repartida por un piso que no conoce. Hija de una fotógrafa célebre, estudiante de cinematografía a punto de terminar la carrera, Mia se juega ese día algo más que la puntualidad: el contrato en prácticas con Boomerang es su oportunidad de dejar de ser el apellido de su madre, de terminar el documental sobre su abuela y de encontrar un estilo propio en lugar de imitar los ajenos.
El chico que duerme a su lado se llama Ethan Vance, aunque ella tarda un buen rato en atreverse a preguntarlo. Ethan fue promesa del fútbol universitario en la UCLA hasta que una lesión de rodilla le cerró esa puerta; ahora estrena traje, corbata y un puesto de becario que le cuesta nombrar en voz alta. Comparten la búsqueda absurda de un tanga desaparecido, un vaso de zumo, la vergüenza de no acordarse de nada y un taxi que Mia acaba pagando porque él no lleva un dólar encima. Entre el bulevar de Santa Mónica y la calle Wilshire se cuelan los primeros retazos de la noche anterior: un brindis en el bar Duke, unas luces de calle sobre un rostro serio, una mano en la espalda.
El taxi los deja en la misma acera. El ascensor los sube a la misma planta. Y la puerta se abre sobre el vestíbulo acristalado de la empresa donde ambos empiezan a trabajar esa misma mañana.
Narrada a dos voces que se alternan capítulo a capítulo —Mia y Ethan, cincuenta y siete turnos de palabra encabezados por preguntas que parecen sacadas de un test de compatibilidad—, esta comedia romántica convierte el clásico rollo de una noche en un problema de oficina. La química es inmediata y el humor, constante: aquí hay compañeros de piso con vuvuzela, amigas que exigen videollamada en el peor momento, vestidos arruinados y jefes que parecen salidos de una portada. Debajo, sin embargo, late algo más serio: dos personas de veintitantos que llegan al mundo adulto con planes precisos y descubren, el mismo día y en el mismo pasillo, que la vida no consulta el calendario. Una historia sobre ambición, deseo y el pésimo momento que el azar suele elegir para presentar a la gente adecuada.