Un ensayo en prosa fragmentaria que se organiza como una secuencia de proposiciones numeradas alrededor de un solo color: el azul. Lo que empieza como afinidad estética se vuelve confesión personal, y el azul acaba funcionando como lente…
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Un ensayo en prosa fragmentaria que se organiza como una secuencia de proposiciones numeradas alrededor de un solo color: el azul. Lo que empieza como afinidad estética se vuelve confesión personal, y el azul acaba funcionando como lente para mirar un amor terminado, el accidente que deja cuadripléjica a una amiga y la soledad de quien escribe. Entre Goethe, Wittgenstein, Newton y Joni Mitchell, el libro pregunta si un color puede curar, dar esperanza o simplemente acompañar.
La voz que abre esta obra plantea una hipótesis casi doméstica: supongamos que empiezo diciendo que me he enamorado de un color. A partir de ahí, y a lo largo de proposiciones breves y numeradas, esa suposición se convierte en el hilo de un texto que no es del todo ensayo, no es del todo diario y no es del todo poema, sino las tres cosas sostenidas por una misma insistencia.
El azul aparece primero como objeto de estudio: la teoría del color de Goethe, escrita en un intervalo vital en que nada relevante ocurría; las observaciones de Wittgenstein redactadas mientras moría; Newton insertándose varillas en los ojos dentro de su cuarto oscuro; el pigmento ultramar extraído de las minas de lapislázuli en Sar-e-Sang. Pero cada apunte erudito se contamina de lo íntimo. Detrás de la pregunta científica —qué es el color, dónde está, si acaso existe— late otra que la autora tarda en formular: qué pasa cuando alguien habla del color como si fuera una cura sin haber declarado su enfermedad.
Dos heridas atraviesan el libro. Una es el final de una relación con un hombre cuya presencia regresa en escenas de sexo, espejos y luz azul, y cuya pérdida vuelve intolerable una canción de Joni Mitchell escuchada por radio. La otra es el accidente de una amiga que la deja con la columna partida y solo los ojos capaces de moverse: unos ojos de un azul pálido y punzante junto a una cama de hospital. Entre ambas, la escritura registra objetos azules recogidos del suelo, regalos de amigos que se vuelven corresponsales, un pergolero que roba tesoros para adornar su pérgola, becas solicitadas y nunca concedidas para viajar a lugares famosamente azules.
El resultado es un libro que se resiste a la consolación fácil. No promete que el color salve, ni que el duelo se explique. Sostiene, en cambio, una atención obstinada: mirar lo que hay, nombrarlo con precisión y aceptar que hay una oscuridad que no puede leerse, aunque intentarlo sea una forma común de locura. La edición se acompaña de una nota de la traductora que relata diez años de trato con el texto, desde una librería neoyorkina en el invierno de 2010 hasta la Ciudad de México.