En la frontera de los Reinos Mortales, dos ciudades amanecen bajo el mismo cielo y hacia amenazas distintas. En Kranzinnport, un puerto de acantilados donde la vida transcurre entre puestos de mercado y barcos de pesca, una isla negra…
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En la frontera de los Reinos Mortales, dos ciudades amanecen bajo el mismo cielo y hacia amenazas distintas. En Kranzinnport, un puerto de acantilados donde la vida transcurre entre puestos de mercado y barcos de pesca, una isla negra emerge del mar sin aviso y trae consigo un frío y un hedor que nadie sabe nombrar. Lejos de allí, en la selva de Xil'anthos, una antigua sacerdotisa guerrera llega descalza de fe para gritar en la plaza que Sigmar ha abandonado a los suyos. Una novela sobre colonos, asedio y creencia en una era de guerra.
El relato se abre en un pantano muerto, con una mariposa nocturna que atraviesa la niebla hasta una torre en ruinas y entrega, a una voz seca y antigua, todo lo que la noche ha visto. Esa voz pregunta por una ciudad concreta: Kranzinnport. Antes de que aparezca un solo soldado, el lector ya sabe que alguien lleva tiempo observando, contando y esperando.
Kranzinnport es un puerto aferrado a los acantilados de la costa Rocaniana, una ciudad de torres retorcidas como conchas, calles adoquinadas cubiertas de salitre y murallas gruesas que llevan casi dos años sin ver una incursión. Odger Pellin, encargado jefe del mercado, la recorre cada mañana con el monedero a la cadera y la certeza tranquila de ser un hombre afortunado: una mujer que duerme hasta tarde, un hijo de ocho años que corre a toda velocidad por la plaza, disputas de comerciantes que se resuelven con paciencia y no con acero. La narración se toma su tiempo en esa normalidad —el té de flores xintilianas, los bollos de jadespecia, el altar recubierto de sal— precisamente para medir lo que está a punto de perderse. Una tarde, mientras la familia almuerza junto a la balaustrada de coral azul, el mar hierve a treinta kilómetros de la costa y un disco de piedra negra asciende entre la espuma. Nadie en la ciudad sabe qué decir al respecto. Repican las campanas de los cuarteles de la Freeguild, empieza una lluvia aceitosa y con ella llega un olor a putrefacción.
La segunda línea del libro se abre a un reino de distancia, entre las selvas de la Franja Siempreverde, donde Xil’anthos ha crecido de campamento a ciudad amurallada con tallos secos de flores gigantes y torres huecas de árbol negro. Allí llega Amara Fidellus: joven, quemada por el sol, delgada por el hambre, con una cicatriz que le tuerce la boca en mueca permanente y una túnica que aún la delata como sacerdotisa guerrera aunque haya arrojado el martillo a una ciénaga y quemado el libro sagrado página a página. Sobrevivió a una cruzada colonizadora que partió cantando himnos y se deshizo en las llanuras de Tyria entre la enfermedad, el agotamiento y las flechas de los siervos de Slaanesh. De aquella marcha volvió con una sola convicción, y la predica a gritos en la escalinata del templo: el rey Dios ha dado la espalda a la humanidad. En Tillistyne esa idea le costó un golpe en el pómulo. Xil’anthos es la siguiente ciudad de su ruta.
Entre ambos hilos late la misma pregunta. Las ciudades fortaleza de Sigmar son islas de luz en un mar de tinieblas, y sus murallas —lo sabe Amara mejor que nadie— son sobre todo una ilusión necesaria para poder dormir. El libro las mira desde dentro: los pescadores con las manos agrietadas de sal, los escoltas de caravana a los que faltan dedos, los granjeros que salen al campo armados con hoces temibles, los cadáveres que esperan en las cunetas a que los recoja la guardia. Es una prosa atenta al detalle doméstico y al presagio, que alterna la calidez de una cocina con la certeza de que algo antiguo mira desde el pantano.
La promesa del planteamiento es doble: un asedio que llega desde el mar sobre gente que no está preparada para él, y una crisis de fe que viaja por tierra en boca de quien mejor conocía esa fe. En un mundo donde el valor es la única defensa y cada victoria desgasta un poco más el alma de quien la obtiene, la novela pregunta qué queda de una civilización cuando le fallan a la vez sus muros y su dios.