Silvia Renée Arias reconstruye la vida y la obra de Adolfo Bioy Casares desde su nacimiento en 1914 hasta su muerte en 1999, cruzando la investigación documental con el recuerdo de los cinco últimos años, cuando la autora frecuentó al…
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Silvia Renée Arias reconstruye la vida y la obra de Adolfo Bioy Casares desde su nacimiento en 1914 hasta su muerte en 1999, cruzando la investigación documental con el recuerdo de los cinco últimos años, cuando la autora frecuentó al escritor.
Un almuerzo puntual a la una de la tarde, un hombre distraído que llega sin bastón y olvida a quién había citado, una carcajada compartida: así arranca este retrato, no por la solemnidad del monumento literario sino por la escena mínima que devuelve a Adolfo Bioy Casares a escala humana. Silvia Renée Arias, que lo trató durante el último tramo de su vida, se propone aquí una tarea doble: ordenar cronológicamente una existencia larga y fecunda, y situar cada libro en el contexto del tiempo y de las circunstancias que lo produjeron.
El relato avanza por capítulos fechados que funcionan como estaciones. El primero abre en el verano de 1914, con el doctor Bioy y Marta Casares de regreso de Europa y un desvanecimiento en un hotel de Lisboa que anuncia el embarazo; sigue con la Buenos Aires próspera y afrancesada donde nace el niño, con la genealogía de una familia venida del Béarn que levantó estancias en Las Flores, Tapalqué y Olavarría, y con las imágenes que quedarán fijadas para siempre: el cielo de Pardo, el bolón de vidrio con un jinete de yeso adentro, los caballos negros de un coche fúnebre, el suicidio del tío Enrique. De ahí en adelante se suceden el colegio secundario, los primeros intentos literarios, el encuentro decisivo con Jorge Luis Borges, el noviazgo y el matrimonio con Silvina Ocampo, la administración del campo, la invención de Honorio Bustos Domecq, la aparición de La invención de Morel, la editorial El Séptimo Círculo, las veladas de los jueves, los años peronistas, Nueva York, París.
La vida privada ocupa un lugar equivalente al de la obra, sin subordinarse a ella. Están el amor con Elena Garro, las infidelidades asumidas como parte de la vida, el nacimiento de la hija llegada de París, las amistades y los distanciamientos, la muerte del padre, la de Borges, la de Silvina, la de Marta. Están también los premios, el Cervantes de 1990, las candidaturas al Nobel, la publicación de los diarios y las Memorias, la lenta decadencia física en el departamento de la calle Posadas y el reconocimiento tardío de un hijo. El volumen se cierra con el último libro, la última entrevista y el 8 de marzo de 1999.
Arias trabaja con los materiales que el propio Bioy dejó —diarios voluminosos, cartas, entrevistas, las Memorias del padre— y los completa con testimonios reunidos a lo largo de veinte años y con episodios de los que fue testigo directa. La nota preliminar asume con franqueza los límites del oficio: el biógrafo se parece a un detective, llena huecos, se aproxima a un centro que quizá no exista, y lamenta las preguntas que no llegó a formular. Esa honestidad de método atraviesa el libro y le da su tono: ni hagiografía ni ajuste de cuentas, sino el intento paciente de reunir las piezas dispersas de un hombre que sostenía que nadie termina de conocer del todo a nadie.