Un joven escritor de los suburbios de Buenos Aires descubre que, cada noche, su dormitorio se transforma en un bar habitado por los espíritus de artistas muertos.
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Un joven escritor de los suburbios de Buenos Aires descubre que, cada noche, su dormitorio se transforma en un bar habitado por los espíritus de artistas muertos. Entre whisky, ajedrez y partidas de truco, Chéjov, Whitman, Cortázar y Wilde le proponen un pacto: escribirá bajo su tutela, pero jamás revelará su existencia. De ese acuerdo nace un libro de relatos autónomos sobre la vida, la muerte y todo lo que queda sin respuesta.
Todo empieza con una pregunta que aparece en la infancia, se dispersa como una pelota sobre baldosas y regresa, ya inaplazable, al final de la adolescencia. Desde entonces, el narrador de esta obra vive entregado a una búsqueda que sabe imposible de saciar: la de un “porqué” que nadie —ni entre los vivos ni entre las sombras— ha podido entregarle.
El escenario de esa búsqueda es una habitación cualquiera en los suburbios de Buenos Aires, descrita con una minucia casi inventarial: la puerta de cedro, el piano vertical alemán, un teléfono a disco, una radio inglesa que hace décadas no funciona, un reloj de péndulo que se detiene y arranca a su antojo, una mandolina construida en Nápoles hace más de un siglo, cientos de partituras que el viento arroja al piso o a la calle, y libros por todas partes, muchos de ellos nunca leídos. Afuera es otoño: jacarandás deshojados, garúa que se vuelve tormenta, el aire frío del sur.
Pero la habitación no termina donde empiezan las paredes. Cuando la luz amarilla —“dubitativa”, según el narrador— parpadea, el cuarto se despliega en un bar inmenso y mal iluminado, con novecientas tres mesas numeradas, un escenario de maderas húmedas, camareras de mirada exhausta y una bruma que se confunde con el humo de los cigarros. Allí, cada noche, los objetos desoyen la gravedad y los espíritus de artistas muertos beben, discuten, se enamoran, juegan al ajedrez y tratan de matar el tedio de la eternidad. Todos se entienden entre sí en una lengua que Conan Doyle llama la primera de todas, aunque al narrador le suene simplemente a castellano.
En la mesa uno se sientan Whitman, Chéjov, Wilde y Cortázar: pensadores callados que murieron buscando respuestas y siguen buscándolas. Es Chéjov quien empuja al joven a escribir, con la advertencia de que la muerte resulta mucho menos fantástica de lo que se imagina en vida; es Cortázar quien le concede el permiso más generoso —hay que ser pésimo alguna vez para llegar a ser mediocre—; y son los tres quienes fijan el precio de su ayuda: silencio absoluto sobre los textos, silencio absoluto sobre ellos, y compañía para completar la mesa de truco.
Lo que sigue es un libro deliberadamente redundante, de lenguaje simbólico, hecho de relatos autónomos que responden a una misma obra: promesas incumplidas, amores y desamores, engaños, viajes al pasado y al futuro, reencuentros, olvidos, despedidas. El propio autor advierte que todos esos textos fueron escritos antes de los sucesos que narra el capítulo final, y que el desenlace será trágico —quizá para cuando el lector llegue a estas páginas, dice, él ya esté muerto—. Un prólogo firmado por el espíritu de Antón Chéjov propone la clave de lectura: entre un moscovita y un porteño, entre un campesino chino y un maestro noruego, hay algo que iguala; en ciertos aspectos, todos somos la misma persona.
El resultado es una fábula sobre la vocación literaria y sobre esa delgada línea donde lo imaginario y lo tangible dejan de distinguirse: un lugar extrañamente mágico y, a la vez, no muy distinto de cualquier habitación de Buenos Aires, donde se festeja la vida y se le sonríe a la muerte.
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