Reunidos por Ignacio Echevarría, que firma también el epílogo, los textos de Besos humanos muestran a Francisco Ferrer Lerín en su registro más reconocible: piezas breves de prosa que se mueven sin aviso entre el relato, la anotación de…
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Reunidos por Ignacio Echevarría, que firma también el epílogo, los textos de Besos humanos muestran a Francisco Ferrer Lerín en su registro más reconocible: piezas breves de prosa que se mueven sin aviso entre el relato, la anotación de campo, el recuerdo y la invención pura. Hay castillos con huéspedes indeseables, muladares donde los buitres ordenan el mundo, ciudades vacías, cuerpos que fallan y bestias que quizá nunca existieron. Un libro de tono seco y erudición desviada, publicado por Anagrama en Narrativas hispánicas.
Besos humanos recoge la prosa breve de Francisco Ferrer Lerín en una selección preparada por Ignacio Echevarría, que cierra el volumen con un epílogo. El conjunto no busca la unidad de una novela ni la comodidad del libro de cuentos: avanza por acumulación de piezas cortas, algunas de apenas unas líneas, otras organizadas en secciones numeradas, y deja que el lector descubra por su cuenta las corrientes que las atraviesan.
El primer rasgo que se impone es la desconfianza hacia las fronteras entre géneros. Un texto puede empezar como memoria personal fechada con precisión de acta y terminar en delirio; otro se presenta como argumento de una película nunca rodada; otro más consiste en la confesión de que un relato resulta imposible porque el nombre del pájaro que debía protagonizarlo suena demasiado insulso, seguida de una digresión sobre la taxonomía y la etimología de esa especie. La erudición zoológica y filológica no funciona aquí como adorno, sino como material narrativo: los nombres científicos, las fechas, los topónimos y los datos de comportamiento animal sostienen la ficción con la misma autoridad con que la desmienten.
El centro gravitatorio del libro es la carroña, entendida sin morbo y casi con gratitud. Las páginas dedicadas al muladar pirenaico reconstruyen desde dentro la historia de los primeros conservacionistas españoles: el permiso arrancado a un alcalde que probablemente no entendió nada, las madrugadas en la cámara frigorífica de un zoo, los maleteros cargados de despojos, los compañeros excéntricos que llevaron su pasión ornitológica hasta extremos suicidas. Es crónica ecológica y elegía a la vez, contada por alguien que estuvo allí y que sabe que el mismo lugar donde la ciencia observa procesos de descomposición es también un lugar de culto.
Alrededor de ese núcleo orbitan otras obsesiones. La muerte se narra a menudo desde después, con la voz de quien vuelve a una casa donde ya nadie lo ve ni lo oye. El cuerpo aparece como maquinaria averiada: un adolescente que pierde de golpe el arte de caminar, una hemorragia que compite con el deseo, una espalda amputada por culpa de unas sábanas sucias. Y el humor, cuando llega, es negro y frontal: hay episodios de una crudeza sexual y violenta deliberada, y otros de un absurdo administrado con toda la calma del mundo, como el estrangulamiento consentido que se despacha entre una propina al sacristán y unos churros.
Cierra el catálogo un bestiario incierto: huellas que no son de perro ni de zorro, un felino enorme al que un leñador forastero bautiza con una sola palabra, un gran lobo y un lince que nunca coinciden, monstruos vistos por varios testigos a la vez y por eso mismo más inquietantes. Ferrer Lerín no resuelve si esas criaturas existieron; le interesa más el punto en que los relatos de gente mentirosa rozan algo verificable y vuelven a alejarse. Ese punto, movedizo y preciso, es el territorio del libro.