Kaitlyn Killeen cuenta los días para dejar Shelby, Iowa, y empezar de cero en Chicago. Clay llega a su casa por accidente —literalmente— y se instala en el cuarto sobre el garaje con un nombre prestado y un motivo que no puede confesar:…
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Kaitlyn Killeen cuenta los días para dejar Shelby, Iowa, y empezar de cero en Chicago. Clay llega a su casa por accidente —literalmente— y se instala en el cuarto sobre el garaje con un nombre prestado y un motivo que no puede confesar: investigar los robos en la fábrica que sostiene al pueblo, la empresa de su propio padre. Entre curas improvisadas, cervezas frías y un beso que ninguno planeó, la mentira se vuelve incómoda y la atracción, imposible de ignorar.
Todo empieza con un ceda el paso ignorado y una moto en el suelo. Frank Killeen, cargado de culpa, se lleva al motorista herido a casa; su hija Kaitlyn le limpia y le venda las heridas con una eficiencia tan metódica como distante. Él dice llamarse Clay Reynolds, dice estar en paro y llevar veinte dólares en el bolsillo. Casi nada de eso es cierto.
Clay es en realidad el hijo del dueño de McCashlin Enterprises, la planta electrónica de la que depende medio Shelby. Su padre sospecha que allí se está robando —una auditoría dice lo contrario, pero él no se fía— y Clay ha viajado desde Chicago con documentos falsos, vaqueros baratos y la idea de entrar en el almacén como un empleado más. La avería de la Harley y la hospitalidad terca de Frank lo dejan alojado en la habitación del garaje, es decir, en el corazón mismo de la familia a la que está engañando.
Kaitlyn tiene un plan y una cuenta atrás. Renunció a sus becas para cuidar de su hermano Ben, lleva cinco años en las oficinas de la fábrica y le faltan poco más de dos meses para terminar la carrera e irse a Chicago a ser diseñadora de moda. Ha aprendido sola a poner bien la mesa, a cocinar faisán con enebro para un público que solo quiere panecillos, a coleccionar los pocos elogios que le han hecho como si fueran salvavidas. Lo último que quiere es un motivo para quedarse.
Pero Clay reconoce el licor de mandarina, sabe quién es Donna Carlyle y coloca los cubiertos en su sitio sin pensarlo: pequeñas grietas en su disfraz que Kaitlyn registra sin saber interpretarlas. En la fábrica todo se complica. John Carpenter, el antiguo protegido del padre de Clay, ahora destinado en Shelby por razones poco claras, jura haber visto esa cara antes. Lori, la amiga rubia de Recursos Humanos, tiene acceso a las llaves y ganas de darle conversación. Y en un pueblo donde no hay secretos, Clay guarda uno enorme.
Una novela de identidades prestadas, ambiciones que empujan en direcciones opuestas y ese momento incómodo en que descubrir la verdad importa menos que decidir qué hacer con ella.